Un artículo de Miriam Martí, dietista – nutricionista de Grupo Colisée

La demencia se define como un proceso que causa un deterioro progresivo e irreversible de las funciones cerebrales, afectando las capacidades cognitivas, verbales y funcionales. La Enfermedad del Alzheimer (EA) actualmente es la causa más común de demencia.

En la actualidad, se están realizando diferentes estudios con el objetivo de conocer los factores de riesgo asociados a esta enfermedad. Uno de los factores que está teniendo gran relevancia en la mayoría de los análisis es la alimentación.

Se han asociado como factores de protección frente al deterioro cognitivo los ácidos grasos Omega 3 por su función reductora de la síntesis de citoquinas proinflamatorias, protrombóticas y vasoconstrictoras, asociándose con la disminución de demencias vasculares y EA.  Los alimentos más ricos en Omega 3 los encontramos en las algas, hígado de bacalao y pescados azules de agua fría como el salmón, caballa, cazón, atún y sardinas. También se pueden encontrar en frutos secos como las nueces y semillas de lino y chía.

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Una dieta saludable, rica en frutas, vegetales, legumbres y cereales integrales y baja en sal, azúcares simples y grasas saturadas disminuyen el riesgo de enfermedades neurodegenerativas

La disminución de Vitaminas de complejo B principalmente B6, B9 y B12 se ha asociado con elevadas concentraciones plasmáticas de homocisteína produciendo un efecto neurotóxico y pudiendo afectar directamente a la función cognitiva. Las fuentes dietéticas de ácido fólico (B9) se encuentran principalmente en las verduras de hoja como brócoli, col rizada y espinacas, la Vitamina B12 se encuentra exclusivamente en alimentos de origen animal como huevos, carne, leche y productos lácteos y la Vitamina B6 está presente en alimentos como cereales integrales, frutos secos, legumbres y vegetales de hoja verde.

Los alimentos antioxidantes también han demostrado tener un papel muy importante en la disminución del estrés oxidativo provocado por la proteína β- amiloide, el principal constituyente de las placas presentes en el cerebro de las personas con EA. 

Las Vitaminas A, E y C han sido las más estudiadas por sus efectos potencialmente antioxidantes determinando en numerosos análisis niveles de estas vitaminas más bajos en comparación con los grupos de control. La principal fuente de antioxidantes la encontramos en frutas y verduras y otros alimentos ricos en estos compuestos como el cacao, cúrcuma, canela y té verde. En el top de alimentos antioxidantes destacamos cerezas ácidas, uvas Concord, granada, arándanos y naranja

También se ha observado un déficit de Vitamina D en las personas que presentan esta patología. La 1,25- (OH)2 D3 está implicada en la inhibición de la actividad de la proteína precursora de amiloide por lo que se asocia de forma directa con un efecto protector frente a la EA.

Otro de los factores que está teniendo gran relevancia en la actualidad es la composición de la microbiota. Las personas con EA se caracterizan por una disminución de la diversidad microbiana intestinal y un aumento significativo de microorganismos proinflamatorios. Las alteraciones más comunes en estos pacientes es la disminución de la presencia de bacterias productoras de ácidos grasos de cadena corta comprometiendo la permeabilidad intestinal y la de la barrera hematoencefálica, permitiendo el paso de sustancias inflamatorias y promoviendo neuroinflamación. 

En varios ensayos clínicos se ha demostrado que el uso de alimentos probióticos como el yogurt, kéfir, verduras fermentadas, chucrut, kimchi y alimentos prebióticos como el ajo, cebolla, plátano, y alimón residente presente en patata, arroz o bonito hervido y consumido en frío son útiles como terapia preventiva frente a la EA.

En cuanto a los probióticos humanos aún se necesitan más estudios con cepas específicas para generalizar su uso, aunque ya existen estudios en los que se han observado mejoras en la capacidad cognitiva de las personas con Alzheimer al corregir el estado de disbiosis intestinal.

Aun así, no existen evidencias claras de que un elemento dietético aislado pueda prevenir el deterioro cognitivo, por lo que resulta más interesante el estudio de patrones dietéticos.

La Dieta Mediterránea ha sido uno de los patrones más estudiados en la prevención de enfermedades neurodegenerativas por su poder antioxidante y antiinflamatorio. Se trata de una dieta rica en frutas y verduras, cereales integrales, legumbres, 3 o 4 raciones de pescado y aceite de oliva virgen extra como fuente principal de grasa.

En la actualidad, también está cobrando importancia en la prevención de la Enfermedad del Alzheimer (EA) la denominada Dieta MIND (Mediterranean-DASH Intervention for Neurodegenerative Delay) basada en la combinación de la Dieta Mediterránea y la Dieta DASH (Dietary Approaches to Stop Hypertension) obteniendo en algunos estudios mejores resultados que la Dieta Mediterránea como factor de prevención.

La dieta MIND a diferencia de la dieta Mediterránea no proporciona recomendaciones generales en el consumo de frutas y verduras, si no que recomienda cantidades específicas de algunos alimentos, por ejemplo, las verduras de hoja verde como rúcula, col rizada, espinacas y acelgas deben consumirse al menos 6 raciones a la semana, los frutos rojos como arándanos, frambuesas y moras al menos 2 raciones al día y otras frutas y/o verduras de diferentes colores al menos 1 ración al día. En el caso del pescado se recomienda 1 o 2 raciones a la semana.

En ambas dietas se recomienda limitar el consumo de carne roja, grasas saturadas como mantequilla y margarina, alimentos procesados y fritos.

Aunque los estudios publicados han mostrado una asociación en el consumo de estas dietas y una menor presencia de placas β–amiloide y ovillos de neurofibrillas asociados a la EA, se necesitan estudios más concluyentes para poder determinar un patrón dietético específico para la prevención del deterioro cognitivo o Enfermedad del Alzheimer. 

Lo que es evidente es que una dieta saludable rica en frutas, vegetales, legumbres y cereales integrales y baja en sal, azúcares simples y grasas saturadas disminuyen el riesgo de enfermedades neurodegenerativas.

BIBLIOGRAFÍA

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