Un artículo de Lídia Portet Vidal, Psicóloga en BSP Asistencia

La institucionalización se debe a la disminución de la capacidad funcional percibida en restricciones o limitaciones en las actividades, los comportamientos y las relaciones sociales, más que a síntomas o signos de enfermedad.
El Instituto de Mayores y Servicios Sociales de España define las residencias de personas mayores como establecimientos destinados a alojar temporal o permanentemente, con servicios y programas de intervención adecuados a las necesidades de las personas objeto de atención, dirigidos a la consecución de una mejor calidad de vida y promoción de autonomía personal (Blanca, Grande i Linares, 2013).

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Son muchos los cambios que comporta para la vida del mayor ingresar en una residencia

Cuando una persona mayor ingresa en una residencia, abandona su contexto de vida habitual para introducirse en un ámbito nuevo y extraño para ella, que le puede generar problemas a diferentes niveles, ya que se restringe la libertad de la persona de forma no concebida mayoritariamente por la misma.
Son múltiples los cambios que comporta para la vida de esa persona: abandonar su casa con toda la carga emocional implícita que conlleva, perder el contacto regular con los familiares o vecinos y la ruptura social con el entorno, entre otros. Además, el ambiente residencial genera nuevas situaciones a las que la persona tiene que adaptarse; cambio en las relaciones sociales, aumento de la estructuración de las rutinas diarias, en las cuales el tiempo y las actividades regulan la vida de los residentes, mayor control de los aspectos vitales, y pérdida de libertades individuales.
Los aspectos organizativos de los centros pueden afectar a los residentes, influyendo en su conducta. La vigilancia y la sobreprotección de los responsables de los centros inciden decisivamente en una disminución de la actividad de los residentes, con efectos negativos para la salud física. Las curas frecuentes, excesivas e innecesarias por parte del personal determinan que la persona mayor adopte un papel de enfermo. La política organizativa puede influir en la desadaptación del residente en la institución des del primer momento (Fernández-Ballesteros, 1991).
Por estos motivos, las residencias, además de cuidar el estado físico, tienen que promover el bienestar socio-afectivo y psicológico. Tienen que ofrecer al paciente oportunidades de interacción emocional y social a través de diversos programas de animación sociocultural, estimulación cognitiva, entrenamiento en habilidades sociales, programas de reminiscencia, etc.
Se tienen que velar para satisfacer todas las necesidades de las personas mayores institucionalizadas en los centros, ya que ellos se sentirán más seguros cuando tengan evidencias de que no han estado abandonados y olvidados por el mundo exterior.
Además, tienen que ser para ayudarlos a paliar las consecuencias que el ingreso institucional les genera, teniendo en cuenta que el anciano puede llevar consigo algunos efectos negativos, como depresión e infelicidad, falta de competencia intelectual con incremento de la rigidez y pérdida de la energía, autoimagen negativa, sentimientos de insignificancia personal, pérdida de intereses y actividades, pasividad y sumisión, e incremento de la mortalidad.