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Un artículo de Jonathan Caro Mourin
Enfermero especialista en geriatría
Residencia Ntra. Sra. de Begoña (Santurtzi)
Profesor de enfermería geriátrica
Universidad del País Vasco EHU/UPV

 
Cuando me pongo en contacto con colegas de profesión y pregunto ¿Cómo gestionáis el envejecimiento activo en vuestra residencia? Lo primero que me responden, curiosamente, es el número de fisioterapeutas que tienen, los aparatos de ejercicios que disponen o incluso las actividades de las que disfrutan los residentes. Sin embargo, pocos mencionan la participación del usuario.
Atendiendo a la definición publicada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el envejecimiento activo es “el proceso de optimización de oportunidades de salud, participación y seguridad con el objetivo de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen”. Según esta definición uno de los ejes fundamentales del envejecimiento activo es la participación, pero ¿Cómo relacionar la participación con la calidad de vida?
La calidad de vida puede definirse como el estado en el que la situación actual es lo más parecida a la expectativa marcada para la condición física, mental y social. Es decir, cuánto más cerca se esté de la forma ideal de vida más alta será la calidad de vida percibida. Por lo tanto, es el propio individuo quien debe definir cuáles son los criterios que marcarán su calidad de vida y por este motivo es tan relevante la participación del usuario en la residencia.
La participación dentro de un centro residencial no debe circunscribirse a hacer o dejar de hacer aquellas actividades que están marcadas por la propia residencia, sino a poder decidir cuáles serán las actividades a realizar. Sirva como ejemplo la dieta. En los centros de cuidados continuados suele haber dos opciones a elegir de primer plato y otras dos a elegir de segundo, pero normalmente no se ha consultado a los usuarios que platos les gustaría que se incorporasen a la oferta o cuales deberían descartarse, esto es, no se les invita a confeccionar la carta de comidas.
Siguiendo la misma línea, las actividades lúdicas como excursiones, talleres de manualidades, bingo o cine vienen predeterminadas por el centro de manera que la capacidad de participación del residente es acudir o no acudir a dichas actividades. Sin embargo, la participación podría verse elevada si fueran los propios mayores los que pudieran proponer dónde realizar excursiones, que tipo de cine proyectar o que manualidades llevar a cabo. Del mismo modo deberían tener la capacidad de proponer ideas que se salgan de la cotidianidad o de suprimir actividades habituales que no les suscite interés alguno.

Para fomentar la participación total de la población residente en un centro de mayores deben flexibilizarse las estructuras

 
Una de las claves para aproximar la vida del centro a la calidad de vida percibida por el mayor es la creación de grupos de participación. Son grupos heterogéneos de usuarios que se reúnen periódicamente para analizar la situación actual del centro en todos sus ámbitos y para realizar propuestas de cambio y mejora. Este grupo no tiene por qué estar tutelado por personal de la organización. Pueden trabajar temas como horarios, menús, eliminación de malos hábitos implantados en la cultura del centro, potenciar los puntos fuertes de la residencia etcétera.
Por otro lado, sería interesante crear otro grupo de participación donde estén representados usuarios, familiares y trabajadores tanto de atención directa como de gerencia. Este es un paso que suele provocar temor en la institución por miedo a perder poder o por dar la oportunidad de que se eleve tanto el listón que resulte imposible superarlo. Sin embargo, los mayores y familiares pueden sugerir y aportar ideas mientras que la institución debe establecer el límite entre el aumento de calidad y una idea utópica, ya sea por estructura, presupuestos o cualquier otra variable que lo haga imposible, y de este modo equilibrar las necesidades y los recursos. Es imprescindible que todos los miembros acepten que el objetivo prioritario del grupo es mejorar la vida en el centro.
Si creamos los mecanismos adecuados pasaremos de un modelo donde los profesionales decidimos el tipo de vida de los usuarios a un modelo donde los usuarios sean los que marquen el camino por donde debe transitar nuestra labor y conseguir que su modo de vida real sea lo más parecido a su expectativa. Es un equilibrio en el que la dirección sigue estando en la residencia pero siempre volcado a la satisfacción del cliente siguiendo los criterios que el propio cliente considera los adecuados para ver realizado su proyecto vital.
El hecho de trabajar con personas frágiles nos impulsa a una actitud paternalista donde de manera inconsciente tomamos decisiones por ellos, sin pararnos a pensar o sin preguntarles si lo que estamos haciendo es lo correcto. Creemos que lo que hacemos está bien porque “les llevamos” de excursión o “les sacamos” a tomar el sol, pero ¿Es realmente lo que quieren hacer? ¿Los horarios de esas actividades son los apropiados según ellos mismos? ¿Preferirían hacer otras cosas? Nos consolamos pensando que pueden elegir entre los colores de la paleta, sin embargo no les damos la oportunidad de configurar ellos mismos la paleta de colores.
Para fomentar la participación total de la población residente en un centro de mayores deben flexibilizarse las estructuras. Los centros residenciales, habitualmente, se guían por protocolos muy rígidos, con horarios muy estrictos y donde la rutina lleva a actuar como autómatas. Uno de los argumentos para mantener estas estructuras tan robustas es que “hay que poner unas normas porque en caso contrario reinaría el caos”, o que “cuando se vive en comunidad las normas tienen que estar claras y muy limitadas”.
Si reflexionamos un segundo nos damos cuenta que mantener lindes tan marcadas sólo nos ayuda a los profesionales porque fijan nuestra zona de confort. Si las nuevas ideas emanadas de los grupos de participación mueven nuestras líneas nos encontraremos en terreno desconocido y eso nos asusta. Este hecho nos lleva a perpetuar un modelo donde nuestro control siempre se antepone a la participación del residente.
La capacidad de maniobra que se les brinda está muy ajustada y marcada por el centro de manera que los mayores pueden elegir entre A o B, que es lo que mejor manejamos, a pesar de que C o D sean opciones nunca utilizadas pero de más interés para los ellos. Debemos asumir un modelo de atención centrada en la persona, donde la estructura de la residencia se adapte a las necesidades de los usuarios y desterrar un modelo obsoleto donde se pretende que las necesidades de los usuarios se adapten a la estructura implantada con la excusa de la organización y la convivencia.
Para finalizar, tomando el modelo de la OMS donde el envejecimiento activo es algo más que la actividad en la vejez, parece obvio que en las residencias debe fomentarse la participación total. Esta participación será activa en las esferas biopsicosociales y se verá reflejada en la vida diaria del centro. Las necesidades de la población residente y los recursos estarán equilibrados ofreciendo una atención personalizada y facilitando a los usuarios ser sujetos activos de su cuidado y de su vida en la residencia. De esta manera la atención centrada en la persona y la calidad de vida convergen en un modelo de entender la atención gerontológica: el envejecimiento activo.
Jonathan Caro Mourin
jonathan.caro.mourin@nullgmail.com