Cuando una persona mayor llama a su madre, especialmente alguien que puede no estar viva desde hace décadas, la escena suele conmover y confundir a quienes la presencian. Este comportamiento ocurre con más frecuencia de lo que imaginas, particularmente en contextos de demencia, hospitalización o al caer la tarde. Cuando tu familiar anciano llama a «mamá», está buscando alivio, orientación y seguridad en un momento de confusión, dolor o miedo, utilizando la palabra que su cerebro conserva como símbolo primario de protección.
La explicación combina neurociencia y emociones: el cerebro que envejece o enferma retiene mejor los recuerdos antiguos y los vínculos primarios que los acontecimientos recientes. En momentos de estrés, recurre de forma instintiva a la figura que durante décadas representó cuidado incondicional. No es un capricho ni una regresión infantil, sino una señal que merece comprensión y respuesta adecuada.

Motivos emocionales y biológicos detrás de que los ancianos llamen a su madre
Cuando los ancianos llaman a su madre, especialmente en sus últimos momentos, están respondiendo a una combinación de procesos neurológicos, emocionales y psicológicos complejos. Este comportamiento refleja cómo el deterioro cognitivo y las necesidades emocionales profundas convergen en la vejez.
El papel de la memoria y la emoción en la vejez
La memoria autobiográfica se ve afectada de manera particular durante el envejecimiento. Los recuerdos más antiguos, especialmente aquellos cargados emocionalmente de la infancia y juventud, tienden a permanecer más tiempo que los recuerdos recientes.
Este fenómeno explica por qué las personas mayores pueden olvidar lo que sucedió hace minutos pero recordar vívidamente a su madre. El sistema límbico, responsable de las emociones, mantiene estas memorias emocionales más resistentes al paso del tiempo.
Los recuerdos maternos tempranos están profundamente arraigados en las estructuras cerebrales más primitivas. Cuando otras funciones cognitivas se deterioran, estos recuerdos emergen con mayor frecuencia.
Las emociones vinculadas a la figura materna actúan como anclas mnésicas que persisten incluso en estados avanzados de deterioro. Esta preservación selectiva de la memoria no es aleatoria sino que responde a la importancia emocional del vínculo materno.
Impacto del deterioro cognitivo y la demencia senil
El alzheimer y otras formas de demencia senil afectan principalmente las áreas cerebrales responsables del razonamiento, la orientación temporal y el control emocional. El hipocampo se deteriora tempranamente, dificultando la formación de nuevos recuerdos mientras los antiguos permanecen accesibles.
En fases intermedias de la demencia, la persona experimenta desconcierto y pérdida de la capacidad para regular sus emociones. La desorientación temporal hace que los ancianos puedan creer estar en periodos anteriores de su vida, cuando su madre aún vivía o era su principal figura de apoyo.
Los delirios y las alucinaciones también pueden incluir la presencia de la madre. El daño neuronal progresivo afecta la percepción de la realidad, haciendo que distingan menos entre pasado y presente.
La fragilidad cognitiva incrementa la labilidad emocional. Los ancianos con demencia pierden la capacidad de procesar racionalmente su entorno, buscando instintivamente la seguridad que la figura materna representaba en su desarrollo temprano.
El consuelo y símbolo de la figura materna
La madre simboliza protección, seguridad y cuidado incondicional en el inconsciente colectivo humano. En momentos de vulnerabilidad extrema, como los que experimentan las personas mayores con fragilidad física o cognitiva, esta figura resurge como fuente de consuelo.
Llamar a la madre no necesariamente indica que el anciano crea que ella está presente físicamente. A menudo representa una búsqueda de alivio emocional ante el miedo, la soledad o el dolor que no pueden expresar de otra manera.
En los últimos momentos de vida, esta necesidad se intensifica. La angustia existencial y el desconcierto provocados por el proceso de muerte activan respuestas emocionales primitivas donde la madre representa el refugio más fundamental.
El vínculo materno es el primer modelo de apego que desarrollas como ser humano. Durante la vejez, especialmente cuando enfrentas pérdida de autonomía y capacidades, este patrón de apego temprano se reactiva como mecanismo de afrontamiento.
Factores físicos y ambientales que pueden desencadenar esta conducta
El síndrome vespertino o del atardecer provoca mayor agitación y confusión en ancianos con demencia durante las últimas horas del día. La disminución de la luz natural y el cansancio físico pueden desencadenar episodios donde llaman a su madre.
Las infecciones del tracto urinario en mujeres mayores causan confusión mental aguda y desestabilidad emocional. Este malestar físico no verbalizado puede manifestarse mediante llamadas a la madre como expresión de sufrimiento.
Otros desencadenantes físicos incluyen:
- Dolor no diagnosticado o fracturas
- Deshidratación o desnutrición
- Efectos secundarios de medicamentos
- Falta de sueño o fatiga extrema
- Cambios bruscos de temperatura
El ambiente sobrestimulante con ruidos excesivos, iluminación inadecuada o movimiento constante puede abrumar a las personas mayores. Esta sobrecarga sensorial genera ansiedad que intentan mitigar buscando la presencia materna.
La soledad y el aislamiento social incrementan la frecuencia de este comportamiento. Cuando no reciben suficiente contacto humano significativo, los ancianos pueden recurrir a llamar a su madre como forma de expresar su necesidad de compañía y afecto.
Significado cultural, espiritual y familiar del llamado materno en la ancianidad
El llamado materno en la vejez trasciende lo médico y se conecta con valores culturales, creencias espirituales y la transmisión del amor entre generaciones. Cuando un anciano invoca a su madre, activa una red de significados que abarca desde los mandamientos hasta la memoria colectiva de cuidado.
La importancia del vínculo materno y el apoyo de la familia
El vínculo con la madre representa la primera experiencia de amor incondicional en tu vida. Ese lazo permanece activo incluso cuando el deterioro cognitivo avanza, porque se graba en capas profundas de la memoria emocional. La familia funciona como red de contención cuando ese llamado aparece, traduciendo la angustia en cuidado práctico.
Las generaciones precedentes construyeron modelos de cuidado que hoy se reflejan en cómo respondes ante tu anciano que llama a «mamá». Si en tu familia hubo presencia, calma y respeto hacia los mayores, reproducirás ese patrón. Si hubo abandono o desilusión, tendrás que construir una respuesta diferente de forma consciente.
El cuidado de los enfermos ancianos requiere apoyo social estructurado. No basta con la voluntad individual; necesitas relevos, recursos comunitarios, orientación profesional y espacios donde validar el desgaste emocional. Cuando tu abuelo o abuela pide a su madre, está pidiendo que toda la familia active su memoria de amor.
Honrar a los ancianos: mandamiento, dignidad y restitución del amor
El mandamiento «honrarás a tu padre y a tu madre» aparece en los Diez Mandamientos con una promesa: «para que tus días se alarguen sobre la tierra». Honrar a los ancianos no significa solo obediencia formal; implica reconocer su dignidad, acompañar su fragilidad y devolver el cuidado recibido.
El Papa Francisco, en sus catequesis sobre la vejez pronunciadas en la Plaza de San Pedro durante las audiencias generales, insiste en que la ancianidad no es descarte sino oportunidad de encuentro intergeneracional. Habla de la civilización del amor como alternativa al desánimo y la exclusión que sufren muchos mayores.
La restitución del amor se concreta en gestos: escuchar sin corregir, acompañar sin prisa, sostener la mano cuando el miedo invade. Cuando tu anciano llama a su madre, está ofreciendo una oportunidad para que tú, hijo o nieto, restitúyas lo que él o ella dio durante décadas. No es carga; es mandamiento de Dios hecho vida cotidiana.
El legado intergeneracional y la educación en el respeto
Cada generación aprende del cuidado que observa. Si tus hijos te ven responder con ternura cuando tu padre llama a «mamá», aprenderán que la vulnerabilidad se acompaña, no se ridiculiza. El legado intergeneracional no se transmite con discursos sino con actos concretos de respeto.
La educación de los jóvenes en el respeto a la vejez empieza en casa. Incluir a abuelo y abuela en conversaciones, celebraciones y decisiones enseña que la edad no anula la palabra ni la presencia. Explicar a los niños por qué el abuelo repite o confunde nombres normaliza la fragilidad y prepara para una sociedad que envejece.
Las generaciones actuales enfrentan el reto de conciliar trabajo, crianza y cuidado de mayores. Ese equilibrio exige políticas de apoyo social, pero también revisión de prioridades personales. El tiempo dedicado al anciano que llama a su madre es inversión en tu propia humanidad y en la memoria que dejarás.
Respuestas y acompañamiento desde la perspectiva social y espiritual
Desde la perspectiva espiritual, el llamado materno puede interpretarse como búsqueda de trascendencia. El Espíritu Santo actúa en la fragilidad, y tu anciano que invoca a su madre quizá está buscando, sin saberlo, el consuelo que solo el amor incondicional ofrece.
La catequesis sobre la ancianidad invita a ver en el mayor frágil un reflejo del Cristo vulnerable. Acompañar ese llamado es ejercicio de fe práctica, más allá de rituales. Implica reconocer que el abandono de los ancianos contradice el mandamiento y empobrece a toda la sociedad.
El apoyo social debe traducirse en recursos concretos: centros de día, grupos de ayuda mutua, formación para cuidadores, líneas telefónicas de orientación. La familia sola no puede sostener el peso del cuidado prolongado sin caer en desánimo o desilusión. La comunidad, la parroquia, el vecindario y las instituciones comparten responsabilidad en tejer redes que dignifiquen la vejez y respondan con amor efectivo al anciano que, en su confusión, sigue llamando a quien primero le enseñó a sentirse seguro.