Un artículo de Sanitas Mayores
Con la edad, el cuerpo y sus necesidades cambian, y los hábitos de alimentación y actividad física adquieren un papel decisivo. Ajustar la dieta y mantenerse activo permite reducir el riesgo de enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes, osteoporosis o fragilidad muscular, al tiempo que protege la movilidad, la fuerza y la función cognitiva. Por el contrario, descuidar estos hábitos puede acelerar la pérdida de masa muscular, afectar al equilibrio y limitar la capacidad para realizar tareas cotidianas.
En este contexto, adoptar rutinas adaptadas a cada persona combina beneficios físicos y cognitivos. Una alimentación rica en proteínas de calidad, frutas, verduras y grasas saludables junto con ejercicios de fuerza, equilibrio y flexibilidad ayuda a mantener la resistencia, la movilidad y un estado de ánimo positivo. Asimismo, estos hábitos fortalecen la memoria y la concentración, lo que muestra que el cuidado del cuerpo y de la mente van de la mano.
Estos cambios no se producen de manera inmediata, sino que suelen manifestarse gradualmente. Entre los primeros signos de alerta se incluyen fatiga frecuente, debilidad muscular, disminución de la movilidad, problemas de equilibrio o dificultades digestivas.
Cabe señalar que ignorar estas señales favorece la aparición de fragilidad, una condición que, según el Ministerio de Sanidad, sufren aproximadamente el 18% de las personas mayores de 65 años. Por ello, detectarla a tiempo y contar con la orientación de profesionales de nutrición o fisioterapia facilita la elaboración de un plan adaptado a cada persona. Así, se evitan complicaciones futuras y se refuerza la prevención de problemas asociados al envejecimiento.
El entorno social también potencia la adherencia a estos hábitos. Compartir las comidas, participar en talleres de cocina saludable, realizar caminatas en grupo o asistir a clases de gimnasia adaptada aumenta la motivación y favorece la interacción social. Por ello, en las residencias de Sanitas se fomentan espacios de encuentro y actividades grupales que integran alimentación consciente y ejercicio físico, ofreciendo oportunidades de aprendizaje y socialización.
La actividad física regular mantiene la fuerza, el equilibrio y la flexibilidad, además de estimular la función cognitiva. Actividades como ejercicios de fuerza, estiramientos, yoga, baile o paseos diarios generan momentos de disfrute, refuerzan la motivación y mejoran la autoestima.
La práctica continuada de estas actividades también mejora la circulación, la oxigenación cerebral y la resistencia muscular, lo que impacta directamente en la calidad de vida. En las residencias y centros de día de Sanitas, los profesionales acompañan a los residentes para integrar estas rutinas de forma segura, motivadora y adaptada a cada persona.
Más allá de los recursos concretos, el acompañamiento profesional y el seguimiento continuado son claves para consolidar hábitos saludables. La observación diaria, la adaptación progresiva de la alimentación y de la actividad física, así como la coordinación entre los distintos profesionales, permiten detectar cambios de forma precoz y ajustar las rutinas a las necesidades de cada persona. Este enfoque personalizado refuerza la autonomía, la seguridad y la adherencia a largo plazo, siempre desde un cuidado cercano y centrado en la persona.
En este sentido, la tecnología puede actuar como un apoyo complementario: las videoconsultas con profesionales sanitarios son un recurso de refuerzo al acompañamiento presencial, facilitando el acceso a orientación especializada y contribuyendo al bienestar de las personas mayores
En definitiva, cuidar la alimentación y la actividad física es un esfuerzo compartido. Familias y cuidadores desempeñan un papel clave, pues refuerzan la constancia, el disfrute y la seguridad de estas prácticas.