
Un artículo de Jorge Moreno Molina y María Fernández Muñoz,
Grupo de trabajo de Fisioterapia de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG)
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la fragilidad como: “el estado caracterizado por un deterioro progresivo de los sistemas fisiológicos relacionado con el envejecimiento, que resulta en una reducción de la capacidad intrínseca y que confiere una extrema vulnerabilidad a estresores, aumentando el riesgo de presentar diversos eventos adversos de salud” (OMS, 2025), como son las caídas, ingresos hospitalarios, peor recuperación tras procesos patológicos, institucionalización y muerte (Martínez-Reig et al., 2016).
Aunque no existe consenso sobre su conceptualización, la definición de la OMS es la que parece contar con mayor aceptación (Rodríguez Mañas et al., 2018; Roller-Wirnsberger et al., 2020). Se trata de un síndrome multisistémico en el que participan mecanismos fisiopatológicos como la sarcopenia, un estado de inflamación crónica de bajo grado, estrés oxidativo y varias alteraciones endocrinas. Podemos encontrar modelos de conceptualización basados en criterios clínicos concretos, por ejemplo, el fenotipo de fragilidad de Fried, y en criterios de acumulación de déficits, como el modelo de Rockwood.

Las cifras de prevalencia de la fragilidad en nuestro país varían según los instrumentos de medida empleados y la población objeto de estudio. O’Caoimh et al. (2018) estimaron que una prevalencia del 12% en adultos mayores que viven en sus domicilios o con sus familias y el 45% vive en otros entornos.
Debido a su alta prevalencia, se han desarrollado estrategias preventivas a nivel nacional y europeo, con el objetivo de detectar la fragilidad y abordarla. Se busca con todo ello mejorar la calidad de vida de los adultos mayores y disminuir el impacto sanitario, económico y social derivado de este problema.
De manera concreta, en nuestro país, la actualización del Documento de consenso sobre prevención de la fragilidad en la persona mayor (Ministerio de Sanidad, 2022) recomienda el cribado de la fragilidad en atención primaria a los mayores de 70 años con un índice de Barthel mayor de 90.
La detección de la fragilidad se realizará preferiblemente mediante las pruebas de ejecución, como el test SPPB (Short Physical Performance Battery), la medición de la velocidad de marcha o el test Timed Up and Go (“Levántate y anda”). En caso de no ser posible la realización de pruebas de ejecución, se optará por el test FRAIL. Como pruebas diagnósticas para confirmar la presencia de fragilidad, se recomienda el fenotipo de Fried o el FTS-5.
No obstante, estas herramientas diagnósticas son poco utilizadas, por lo que se realizan las intervenciones de abordaje de la fragilidad basadas en alta sospecha del problema, tras realizar una valoración geriátrica integral (VGI) que es el proceso diagnóstico interdisciplinar que valora a la persona mayor en su globalidad incluyendo las áreas clínica, físico/funcional, mental y social, permitiendo detectar y abordar los problemas específicos de este grupo de población. El grado de implementación de estas medidas varía según cada comunidad autónoma.
La relevancia clínica de la fragilidad radica en que es un proceso dinámico, considerado un estado de pre discapacidad potencialmente prevenible y reversible; podríamos nombrar un continuum que evoluciona de la siguiente manera: robustez-fragilidad-discapacidad-dependencia. Por tanto, mediante medidas oportunas de detección, evaluación y manejo se podría evitar la transición desde la fragilidad hacia la dependencia (Acosta-Benito & Martín-Lesende, 2022).
Ejercicio terapéutico para prevenir la discapacidad
Uno de los elementos clave en el desarrollo de la fragilidad es la pérdida progresiva de masa y función musculares. Aparece un “círculo vicioso” donde una menor actividad física hace que se pierda masa muscular, lo que provoca una disminución de la fuerza, mayor fragilidad y menor nivel de actividad física. Romper este ciclo sería esencial para prevenir la discapacidad y aquí es donde el ejercicio terapéutico juega un papel clave.
En relación al ejercicio, existen diversas modalidades, siendo el ejercicio aeróbico el que, con carácter rítmico, implica la acción de grandes grupos musculares y que incrementa la frecuencia cardíaca y el gasto energético (Wilmore y Costill, 2007).
Por otro lado, el ejercicio de fuerza es aquel en el que cada esfuerzo se realiza contra una fuerza opuesta con el fin de aumentar la fuerza muscular, la potencia y/o la resistencia. (Cornelissen y Smart, 2013). Es importante destacar, dentro del entrenamiento de fuerza, el papel del entrenamiento de potencia muscular en relación con la funcionalidad, ya que es un componente clave en actividades cotidianas como levantarse de una silla o subir escaleras.
Por su parte, el ejercicio multicomponente es el que combina ejercicio aeróbico, de fuerza, de equilibrio y de flexibilidad. Existe una sólida evidencia científica sobre sus beneficios en el abordaje de la fragilidad y la prevención de caídas. Estos beneficios se observan de manera independiente de la edad de la persona y su situación basal, e incluso en personas mayores hospitalizadas. (Cadore et al., 2014; Casas-Herrero et al., 2015; Sáez de Asteasu et al., 2024; Viladrosa et al., 2017).
En el año 2020, la OMS publicó sus directrices sobre actividad física y comportamiento sedentario (Bull et al., 2020; Dempsey et al., 2020). Para los adultos mayores, incide en la importancia de realizar actividad física, por mínima que sea. Se recomienda alcanzar entre 150 y 300 minutos de actividad aeróbica de intensidad moderada o entre 75 y 150 minutos de actividad aeróbica de intensidad vigorosa a la semana. Para mejorar la salud recomienda al menos 2 días a la semana realizar ejercicios de fuerza de grandes grupos musculares, y 3 días de actividad multicomponente que incluya ejercicios de equilibrio.
De manera específica, para los adultos mayores frágiles, los fisioterapeutas como profesionales sanitarios y tras una valoración previa en la que se identifiquen posibles patologías que contraindiquen o limiten la práctica de ejercicio (American College of Sports Medicine [ACSM], 2020), desarrollan un programa de ejercicio terapéutico considerando la situación basal a nivel físico y funcional, planteando los objetivos de manera consensuada y respetando los gustos y preferencias de la persona mayor (Ars et al., 2024).
El ejercicio terapéutico es la prescripción de un programa de ejercicio que implique a la persona en la tarea de realizar una contracción muscular y/o movimiento corporal con el objetivo de mejorar la función, alivio sintomático o mejorar, conservar o limitar el deterioro de la salud (Taylor et al., 2007). Se deben tener en cuenta los principios de individualización, progresión, especificidad y variabilidad.
Prescripción de ejercicio en adultos mayores frágiles
Según la última evidencia científica disponible, existen una serie de consideraciones a tener en cuenta en la prescripción de ejercicio en adultos mayores frágiles (Angulo et al., 2020, Ars et al., 2024, Izquierdo et al., 2025), entre las que podemos destacar, por ejemplo:
- En personas mayores con un alto grado de fragilidad y con grave afectación de la movilidad, la progresión debe comenzar con la realización, en primer lugar, de ejercicios de fuerza, con el fin de poder movilizar el peso del cuerpo y facilitar las transferencias de sentado a de pie.
- Una vez conseguida la fuerza suficiente, se continuaría con la reeducación del equilibrio, que a su vez progresará de ejercicios estáticos a dinámicos. Se emplean para ello una disminución de la base de sustentación, uso de planos inestables e inhibición visual, entre otros.
- Finalmente, tras el trabajo de fuerza y equilibrio, se iniciarían ejercicios de marcha y de resistencia.
En relación con los ejercicios de fuerza, se recomienda el trabajo de grandes grupos musculares, no siendo necesario llegar hasta el fallo muscular. El trabajo de fuerza debe orientarse a la funcionalidad, permitiendo mejorar la independencia en las actividades de la vida diaria. En las fases intermedias del entrenamiento de fuerza, se pueden incluir ejercicios de potencia en los que se realiza la contracción muscular de manera rápida (Fragala et al., 2019).
Aquellas personas frágiles y desacondicionadas a nivel físico pueden comenzar a realizar ejercicio aeróbico en periodos de 5 a 10 minutos varias veces al día e ir progresando semanalmente con pequeños incrementos de tiempo.
Abordaje de la fragilidad, una prioridad de salud pública
A modo de conclusión, podemos resaltar que, debido al envejecimiento progresivo de la población mundial junto con las proyecciones demográficas, el abordaje de la fragilidad desde su cribado y detección hasta su tratamiento debe convertirse en una auténtica prioridad de salud pública.
Entre las distintas modalidades de intervención, el ejercicio terapéutico es una herramienta esencial con la que los profesionales de la fisioterapia contribuyen al abordaje de la fragilidad en la práctica clínica. Es una herramienta segura y eficaz, avalada científicamente, que debe prescribirse de manera individualizada junto con educación sanitaria sobre hábitos de vida saludables y disminución del comportamiento sedentario.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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O’Caoimh, R., Galluzzo, L., Rodríguez-Laso, Á., Van der Heyden, J., Ranhoff, A. H., Lamprini-Koula, M., Ciutan, M., López-Samaniego, L., Carcaillon-Bentata, L., Kennelly, S., Liew, A., & Work Package 5 of the Joint Action ADVANTAGE. (2018). Prevalence of frailty at population level in European ADVANTAGE Joint Action Member States: a systematic review and meta-analysis. Annali Dell’Istituto Superiore Di Sanita, 54(3), 226–238. https://doi.org/10.4415/ANN_18_03_10
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