Un artículo de Noa López Castro,
Terapeuta Ocupacional – Colegio Oficial de Terapeutas Ocupacionales de Galicia (COTOGA)
INTRODUCCIÓN
El envejecimiento de la población constituye uno de los principales desafíos de la sociedad actual. En las últimas décadas, el aumento de la esperanza de vida y la mejora de las condiciones sanitarias han provocado un incremento significativo del número de personas mayores en todo el mundo.
Este fenómeno demográfico plantea importantes retos para los sistemas sanitarios y sociales, ya que implica la necesidad de desarrollar estrategias orientadas a promover un envejecimiento activo, saludable y funcional que permita mantener la autonomía durante el mayor tiempo posible (Clegg et al., 2013).

En este contexto, según la evidencia científica, la promoción de hábitos de vida saludables adquiere un papel fundamental para favorecer un envejecimiento activo y prevenir situaciones de dependencia. Entre ellos, la nutrición equilibrada y la práctica regular de actividad física destacan por su contribución directa al bienestar físico y psicológico, al mantenimiento de la capacidad funcional y, en última instancia, a la mejora de la calidad de vida (World Health Organization [WHO], 2020).
Desde la Terapia Ocupacional, la alimentación y la actividad física se comprenden como ocupaciones significativas que forman parte de las actividades de la vida diaria y que influyen directamente en la salud, la autonomía y la participación de las personas mayores (American Occupational Therapy Association [AOTA], 2020). En este sentido, la disciplina aporta un enfoque centrado en la funcionalidad y en la integración de hábitos saludables dentro de las rutinas cotidianas.
LA ALIMENTACIÓN EN LA PERSONA MAYOR
La alimentación constituye una Actividad Básica de la Vida Diaria (ABVD), esencial para el mantenimiento de la salud y el bienestar. No obstante, el proceso de envejecimiento puede conllevar diversos cambios fisiológicos, funcionales y sociales que condicionan los hábitos alimentarios. Entre estos cambios se encuentran la disminución del apetito, alteraciones sensoriales (gusto y olfato), problemas de masticación o deglución (disfagia), así como la presencia de enfermedades crónicas o tratamientos farmacológicos prolongados (Volkert et al., 2019), los cuales pueden afectar al desempeño adecuado de esta ocupación.
Asimismo, también se pueden observar limitaciones motoras que dificultan la manipulación de utensilios, los problemas cognitivos relacionados con la planificación de las comidas o las dificultades en la organización del entorno doméstico.
Además, existen factores sociales que pueden afectar a la alimentación como el aislamiento o la soledad, la pérdida de roles familiares, estos pueden influir negativamente en los hábitos alimentarios. La malnutrición en las personas mayores se asocia con un mayor riesgo de fragilidad, deterioro funcional y hospitalización (Volkert et al., 2019). Además, una ingesta insuficiente de proteínas y energía puede contribuir al desarrollo de sarcopenia, caracterizada por la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular relacionada con el envejecimiento (Morley et al., 2014).
ACTIVIDAD FÍSICA EN LA PERSONA MAYOR
La actividad física regular es uno de los factores más importantes para el mantenimiento de la salud en la población mayor. Numerosos estudios han demostrado que el ejercicio físico se asocia con una reducción del riesgo de enfermedades crónicas, una mejora de la capacidad funcional y un mayor bienestar psicológico (WHO, 2020).
En las personas mayores, la actividad física contribuye especialmente al mantenimiento de la fuerza muscular, el equilibrio, la movilidad y la resistencia cardiovascular. De esta manera, existen recomendaciones internacionales que sugieren que las personas mayores deberían realizar al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, complementando con ejercicios aeróbicos (WHO, 2020). Estos son esenciales para preservar la independencia en las actividades de la vida diaria y reducir el riesgo de caídas, uno de los problemas de salud más frecuentes en este grupo de población (Clegg et al., 2013).
A pesar de los beneficios ampliamente reconocidos, muchas personas mayores presentan niveles insuficientes de actividad física. Entre las principales barreras se encuentran el miedo a las caídas, la presencia de dolor o enfermedades crónicas, la falta de motivación o la ausencia de entornos adecuados para realizar ejercicio.
INTERVENCIÓN DESDE TO
La Terapia Ocupacional desempeña un papel relevante en la promoción de un envejecimiento activo al transformar las recomendaciones clínicas en acciones cotidianas con propósito. Su intervención se basa en la participación en ocupaciones significativas que actúan como motor de cambio para la salud del individuo, abordando la nutrición y la actividad física desde la autonomía y la participación.
En el ámbito de la alimentación, los y las terapeutas ocupacionales intervienen desde la base funcional, evaluando la capacidad de la persona para ejecutar procesos complejos como la planificación de menús, la adquisición de alimentos, la preparación de comidas y el propio acto de comer.
Según los marcos de trabajo vigentes (AOTA, 2020), esta valoración permite implementar estrategias personalizadas para mantener o mejorar la independencia, tales como:
- Adaptación y Entrenamiento: Prescripción y entrenamiento en el uso de productos de apoyo o utensilios adaptados que garantizan la seguridad y autonomía en la ingesta.
- Optimización del Entorno: Reorganización del espacio físico de la cocina para simplificar procesos motores y cognitivos, reduciendo la fatiga y el riesgo de accidentes.
- Estructuración de Rutinas: Establecimiento de horarios y hábitos alimentarios que respeten tanto las necesidades nutricionales como las capacidades de planificación del usuario.
- Fomento de la Participación: Promoción de actividades grupales o comunitarias de cocina que no solo aseguran un estado nutricional adecuado, sino que combaten el aislamiento social.
Por otro lado, la actividad física deja de entenderse únicamente como un ejercicio estructurado para integrarse de forma natural en las actividades de la vida diaria. La Terapia Ocupacional promueve el movimiento a través de tareas funcionales que implican desplazamientos, manipulación de objetos y participación en actividades domésticas o comunitarias (WHO, 2020).
A través del entrenamiento en movilidad funcional, equilibrio y coordinación, se trabaja directamente en la prevención de caídas, un factor crítico para evitar la transición hacia la fragilidad y la dependencia.
Estas intervenciones se complementan con el diseño de rutinas saludables y horarios estructurados; de este modo, la educación para la salud se convierte en un hábito consolidado en la vida diaria y no en una tarea aislada o impuesta (WHO, 2020).
CONCLUSIÓN
La evidencia científica señala que una nutrición equilibrada y la práctica regular de ejercicio físico constituyen los pilares fundamentales para el mantenimiento de la autonomía funcional y la prevención de la dependencia en las personas mayores. No obstante, el éxito de estos pilares depende en gran medida de su integración en la vida cotidiana del individuo.
En este marco, la Terapia Ocupacional ofrece un enfoque centrado en la ocupación que facilita la incorporación de hábitos saludables en la vida diaria de manera significativa. Mediante la evaluación de las actividades, la adaptación del entorno y el establecimiento de rutinas funcionales, los y las terapeutas ocupacionales desempeñan un papel fundamental en la prevención de la fragilidad y en la promoción de la participación social, el bienestar emocional y la autonomía de las personas mayores.
Fomentar la participación en actividades significativas relacionadas con la alimentación, la actividad física y la vida comunitaria no solo mejora la salud física, sino que también contribuye al bienestar emocional y social de las personas mayores, favoreciendo así una mejor calidad de vida.
BIBLIOGRAFÍA
American Occupational Therapy Association. (2020). Occupational Therapy practice framework: Domain and process (4th ed.). American Journal of Occupational Therapy, 74(Suppl. 2), 7412410010. https://doi.org/10.5014/ajot.2020.74S2001
Clegg, A., Young, J., Iliffe, S., Rikkert, M. O., & Rockwood, K. (2013). Frailty in elderly people. The Lancet, 381(9868), 752-762. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(12)62167-9
Morley, J. E., Anker, S. D., & von Haehling, S. (2014). Prevalence, incidence, and clinical relevance of sarcopenia: post hoc analysis of a randomized clinical trial. Journal of Cachexia, Sarcopenia and Muscle, 5(4), 253-259.
Volkert, D., Beck, A. M., Cederholm, T., Cruz-Jentoft, A., Goisser, S., Hooper, L., … & Bischoff, S. C. (2019). ESPEN guideline on clinical nutrition and hydration in geriatrics. Clinical Nutrition, 38(1), 10-47. https://doi.org/10.1016/j.clnu.2018.08.024
World Health Organization. (2020). WHO guidelines on physical activity and sedentary behaviour. World Health Organization. https://www.who.int/publications/i/item/9789240015128
Sobre la Autora
Noa López Castro es Terapeuta Ocupacional y Máster en Terapia Ocupacional en la Rehabilitación del Paciente Neurológico Adulto.
lopezcastronoa@redaccion
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