Un artículo de José Luis Blanco,
jefe de audiología de Oticon

La pérdida auditiva es un problema que, a pesar de afectar a todos los grupos de edad, incide de manera más significativa en la población mayor. De los casi 400 millones de personas que en el mundo sufren algún tipo de pérdida auditiva discapacitante (el 5% de la población mundial), la gran mayoría pertenecen a la tercera edad, de hecho, se calcula que el 30% de las personas mayores de 65 años sufren algún trastorno de este tipo.
La pérdida auditiva puede deberse a factores externos como el exceso de ruido o una infección, causas totalmente prevenibles. Pero en el caso de este grupo de población la situación es diferente, ya que, de manera general, está directamente relacionada con el envejecimiento de las células, también de las auditivas. Precisamente es este proceso fisiológico, el propio de los años, el que hace que en muchas ocasiones la pérdida de capacidad auditiva sea ignorada y, como consecuencia, poco diagnosticada, ya que solo hay un 5% de casos detectados.

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El proceso fisiológico del envejecimiento que hace que en muchas ocasiones la pérdida de capacidad auditiva sea ignorada y, como consecuencia, poco diagnosticada

 
En particular, a medida que se cumplen años las complicaciones suelen ir en aumento, y dependiendo de la zona del oído dañada las afecciones pueden ser más o menos graves. Cuando se trata del oído externo, se puede sufrir otitis o tapón de cerumen; en el oído medio, pueden producirse otitis o incluso algunos tipos de tumores benignos; y en el interno es donde se desarrollan acúfenos y la presbiacusia, que es precisamente la pérdida auditiva provocada por la edad.
Si bien entre los factores responsables de la presbiacusia el mayor determinante es la edad de la persona, lo cierto es que en las últimas décadas este hecho se ha visto alterado debido, precisamente, a un elemento totalmente externo, pero que afecta al conjunto de la sociedad y sobre el que en pocas ocasiones se puede actuar. Se trata de la contaminación acústica, por lo que se están dando cada vez más casos de personas que comienzan a sentir los primeros síntomas en torno a los 30 años, en vez de a los 60, como sería una presbiacusia tradicional.
En este escenario, no solo afecta el ruido externo como puede ser el tráfico, sino otros aspectos como puestos de trabajo con máquinas o ambientes muy ruidosos, o situaciones de ocio en la que los oídos no son protegidos correctamente. Además, cuando se trata de pérdida de audición relacionada con la edad, lo habitual es que el proceso se realice en ambos oídos por igual, por lo que las personas afectadas tardan más en darse cuenta de la situación y reaccionan cuando la pérdida de audición ya está muy avanzada.
Junto a esta situación pueden darse casos también en los que la persona se vea afectada por acúfenos. Estos ruidos en el oído, pese a poder combatirse, suelen ser otro de los aspectos más incapacitantes, por lo que las terapias en este ámbito suelen ir acompañadas de tratamientos psicológicos que ayuden a sobrellevar la situación, a acostumbrarse al sonido y a desviar la atención sobre el acúfeno.
En este sentido, las personas que empiezan a notar cómo su capacidad auditiva se ve mermada comienzan un proceso en el que pueden llegar a someterse, casi de manera involuntaria, a un aislamiento social provocado, precisamente, por la incapacidad de mantener conversaciones de manera regular, comprender aquello que se les explica, o simplemente entender dentro de un entorno ruidoso. Este proceso tiene su origen en la dificultad que les supone el prestar atención a varios interlocutores, lo que genera un fuerte estrés que les lleva a evitar cualquier contacto más allá de su entorno más cercano.
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Dos tercios de las personas cque sufren pérdida auditiva no emplean audífonos

 
En muchas ocasiones se olvida que el cerebro es el responsable de la audición, y se deja de prestar atención a su protección. Y es que es precisamente este órgano el que más sufre cuando existe un problema en el oído. Como responsable de la conversión de los sonidos en información comprensible, el cerebro invierte una gran cantidad de energía en este proceso, por lo que cuando el oído se ve afectado, el esfuerzo se ve aumentado y, como consecuencia, se reduce la energía empleada en otras funciones como el recuerdo o la concentración. Ya sea debido a la pérdida auditiva o a otra problemática, lo cierto es que cuanto menos se emplea el cerebro, menos desarrollo tiene, y como consecuencia, puede derivar en deterioro cognitivo.
Una vez se han puesto de manifiesto las repercusiones que tiene la pérdida auditiva, es preciso destacar la importancia que tiene un diagnóstico precoz. La audición que se pierde no puede recuperarse, por lo que es esencial compensar esta pérdida. En este sentido, el entorno cumple un papel fundamental, ya que es este círculo más cercano el primero en darse cuenta de la problemática, y por tanto, los que animan a acudir a un especialista.
Este diagnóstico precoz es, por tanto, uno de los mayores retos con los que nos enfrentamos los expertos. El objetivo en esta línea es la detección de cualquier síntoma de pérdida auditiva con el fin de protegerla y evitar repercusiones como la depresión o la demencia, enfermedades que, está demostrado, se ven influenciadas por el déficit auditivo.
Pruebas como la audiometría deberían ser habituales en los chequeos de atención primaria, pero no solo en pacientes mayores de 60 años, sino en franjas de edad inferiores. Gracias a esta prueba el índice de diagnósticos iría en aumento y, como resultado, la mejora de la calidad de vida de las personas, y en especial de los mayores precisamente por ser los más propensos a perder capacidad auditiva.
Se estima que en la actualidad estos casos de pérdida auditiva no diagnosticada llegan a suponer un coste en torno a los 180 billones de euros. Además, se calcula que unos dos tercios de las personas con este tipo de afecciones no emplean audífonos, generando a su vez, un mayor riesgo de padecer los síntomas a los que aludíamos anteriormente.