La detección precoz resulta determinante para iniciar un seguimiento clínico adecuado de la enfermedad de Parkinson, ajustar el tratamiento desde fases iniciales y anticiparse a la evolución de la enfermedad. Pero en muchos casos el diagnostico se retrasa, ya que los primeros signos pasan desapercibidos o se atribuyen erróneamente al envejecimiento.

Desde el punto de vista clínico, la enfermedad de Parkinson se caracteriza por la degeneración de neuronas que producen dopamina, una sustancia esencial en el control del movimiento. A medida que este proceso avanza, comienzan a manifestarse síntomas motores como lentitud en los movimientos, rigidez muscular o dificultades en la coordinación.

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La pérdida progresiva del olfato puede ser una manifestación no motora de Parkinson


Pero el Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta principalmente al sistema motor, aunque sus primeras manifestaciones pueden ir más allá del movimiento.

Tal y como señala Esteban Peña, director de la Unidad de Trastornos del Movimiento del Hospital Universitario La Moraleja, “el Parkinson no comienza necesariamente con el temblor, que es el síntoma más conocido. En fases iniciales suelen aparecer signos menos evidentes, como una pérdida del olfato, alteraciones del sueño o cambios en la expresión facial, que a menudo no se relacionan con un problema neurológico”.

Entre las manifestaciones no motoras que pueden actúan como señales de alerta este especialista destaca:

  • Pérdida progresiva del olfato
    Una disminución mantenida en la capacidad para identificar olores cotidianos, como alimentos o perfumes, es posible que aparezca años antes de los síntomas motores.
  • Alteraciones del sueño
    Movimientos bruscos, hablar o gesticular durante el sueño, especialmente en la fase REM, pueden ser una señal temprana relacionada con cambios neurológicos.
  • Cambios en la escritura
    La letra se vuelve más pequeña, apretada o menos legible con el paso del tiempo, lo que refleja una pérdida de precisión en el control motor fino.
  • Disminución del movimiento al caminar
    Es frecuente que uno de los brazos deje de balancearse de forma natural o que la marcha se vuelva más lenta sin causa aparente.
  • Rigidez o sensación de tensión muscular
    Puede aparecer en una extremidad de forma unilateral y persistente, lo que dificulta movimientos cotidianos como levantarse o girarse.

“La clave está en no normalizar ciertos cambios cuando afectan a la vida diaria o aparecen de forma progresiva”, indica Miriam Piqueras, directora médica de Sanitas Mayores, que destaca algunas actividades que contribuyen a retrasar la progresión de la enfermedad:

  • Caminar a paso ligero de forma regular
    Salir a caminar entre 30 y 45 minutos al día, manteniendo un ritmo constante, ayuda a preservar la coordinación, así como a mejorar el equilibrio o reducir la rigidez muscular.
  • Practicar ejercicios de fuerza con supervisión
    Trabajar con bandas elásticas o pesas ligeras contribuye a mantener la masa muscular y facilita movimientos cotidianos como levantarse o girarse.
  • Realizar ejercicios de coordinación y equilibrio
    Actividades como el tai chi o rutinas guiadas de equilibrio potencian la estabilidad y disminuyen el riesgo de caídas en fases iniciales.
  • Estimular la mente con actividades estructuradas
    Hacer sudokus, crucigramas, juegos de lógica o aprender un idioma favorece la atención y fortalece tanto la memoria como la agilidad mental.

La directora médica de Sanitas Mayores también recalca que mantener una rutina de sueño estable es primordial: “acostarse y levantarse a la misma hora y eludir el uso de pantallas antes de dormir son hábitos que mejoran notablemente el descanso”.