Las lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia (LCRD) son un nuevo marco de patologías de la piel cuya detección va en aumento en residencias, hospitales y atención domiciliaria, tal y como se expuso en el XXXII Congreso Nacional de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG) celebrado en Pamplona.
Las lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia (LCRD) engloban las lesiones por presión (las más frecuentes), las lesiones por humedad, las lesiones por fricción y los desgarros cutáneos, todas ellas asociadas a la fragilidad, la inmovilidad y la incontinencia propias de personas mayores con alto grado de dependencia.

Tal y como advierten desde la SEEGG, la magnitud del problema es relevante, ya que según datos manejados por esta Sociedad y el GNEAUPP a partir de los últimos estudios de prevalencia disponibles:
- Cerca de una de cada diez personas mayores en residencias y centros sociosanitarios españoles presenta una lesión por presión
- La prevalencia de lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia en pacientes adultos hospitalizados se sitúa en torno al 8%
- En programas de atención domiciliaria, casi seis de cada cien personas atendidas presentan algún tipo de LCRD
Las cifras internacionales son consistentes con esta realidad y sitúan la prevalencia mundial de lesiones por presión en pacientes hospitalizados por encima del 12%, con tasas significativamente más altas en personas mayores frágiles.
Como señala Javier Soldevilla, director del Grupo Nacional para el Estudio y Asesoramiento en Úlceras por Presión y Heridas Crónicas (GNEAUPP) y expresidente de la SEEGG, “más del 90% de todas las lesiones por presión y otras lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia se producen en personas mayores frágiles, con movilidad reducida o gran dependencia. No es un problema exclusivo del ámbito residencial: están presentes también en hospitales y en domicilios. Tienen un sello marcadamente gerontológico”.
Soldevilla recalca que la aparición de una de estas lesiones no es una complicación menor, y recuerda que “la mortalidad aumenta entre cuatro y seis veces respecto a quienes no las padecen”, por no mencionar que el sufrimiento asociado va más allá del dolor: “la sociedad debe saber el dolor que produce tener una piel abierta, aunque la persona no pueda expresarlo”, afirma. La invisibilidad de la patología convive con la incapacidad de muchos pacientes mayores para verbalizar su malestar, lo que retrasa la detección y eleva el daño.
Las lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia pueden prevenirse
La SEEGG y el GNEAUPP coinciden en que el dato más grave es, también, el más esperanzador: estas lesiones se pueden evitar en la práctica totalidad de los casos, incluso en personas con alta vulnerabilidad. La prevención exige una mejor atención, formación continuada y concienciación tanto de profesionales como de instituciones y familiares. “Estamos en condiciones de prevenir casi la totalidad de estas lesiones. Cuando aparecen, todos los esfuerzos previos ya no han servido de nada”, advierte Soldevilla.
El impacto de las LCRD se proyecta sobre cinco esferas que los profesionales reclaman situar en el debate público:
- En el plano epidemiológico, las cifras se mantienen estables a pesar de la evidencia preventiva disponible, con especial incidencia en personas mayores institucionalizadas y en programas de atención domiciliaria.
- En el económico, la evidencia internacional cifra en al menos diez euros el coste de tratamiento por cada euro no invertido en prevención —algunos autores elevan esa ratio hasta uno a cincuenta—, sin contabilizar los costes intangibles asociados al sufrimiento y a la pérdida de autonomía. Solo en Estados Unidos se tratan cada año cerca de 2,5 millones de lesiones por presión.
- En el plano de la calidad de vida, la aparición de una LCRD se traduce en dolor crónico, aislamiento, pérdida de autoestima, alteración del entorno familiar y deterioro funcional acelerado.
- La dimensión ética es contundente: permitir que afloren lesiones evitables vulnera principios básicos de la bioética —no maleficencia y autonomía— y conculca la obligación profesional de proporcionar el mejor cuidado disponible.
- En el ámbito legal, en países anglosajones la aparición de lesiones evitables durante el ingreso hospitalario o residencial conlleva sanciones económicas relevantes y, en ocasiones, el cierre de instituciones; en España, las sentencias en esta dirección empiezan a abrirse paso.
Por todo ello la SEEGG reclama a los gobiernos, autoridades sanitarias e instituciones asegurar la cobertura universal del cuidado de las heridas, establecer unidades transdisciplinares especializadas, garantizar la dotación adecuada de materiales y tecnologías, y reforzar los programas formativos en prevención, valoración y manejo de las heridas tanto en la formación de grado como en la de posgrado.
En este sentido. Soldevilla reclama trasladar al pregrado el peso formativo que esta materia ya tiene en la oferta de posgrado y máster especializado. “Tenemos una falla en la formación de grado. La oferta de formación posgraduada en heridas crónicas es muy amplia, pero la mayor parte de las enfermeras no accede a ella. Las profesionales deberían salir de la facultad con una base mucho más potente”, advierte.
Esta reivindicación enlaza directamente con la práctica avanzada en heridas crónicas, una figura ya consolidada en otros sistemas sanitarios europeos y con presencia creciente en clínicas de heridas integradas en atención primaria y hospitalaria.