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Un artículo de José Luis Muñoz,
Presidente del Colegio Oficial de Podólogos de Castilla y León (COPCYL)

Cuando pensamos en la prevención de caídas en las personas mayores solemos fijarnos en aspectos como la fuerza muscular, el equilibrio, la medicación o la adaptación del entorno. Sin embargo, existe un elemento esencial que con frecuencia pasa desapercibido: los pies son los cimientos de todo el aparato locomotor.

Cada paso comienza en el binomio pie-tobillo, que constituye la base sobre la que se alinean las rodillas, las caderas y el resto del cuerpo. Cuando esa base pierde estabilidad, aparece dolor o se altera la biomecánica de la marcha, el organismo pone en marcha mecanismos de compensación que afectan al resto de las articulaciones. Un problema en el pie rara vez se queda en el pie.

Esta es la razón por la que la podología va mucho más allá del tratamiento de un callo, una uña encarnada o un juanete. El podólogo es el profesional sanitario especializado en prevenir, diagnosticar y tratar las alteraciones del pie y del tobillo para preservar una marcha segura y eficiente. En una sociedad cada vez más envejecida, esta labor resulta fundamental para prevenir uno de los grandes síndromes geriátricos: las caídas.

La salud del pie influye en todo el aparato locomotor

Las caídas constituyen una de las principales causas de lesiones, hospitalización y pérdida de autonomía en las personas mayores. Diversos estudios han demostrado que alteraciones frecuentes como los juanetes, las deformidades de los dedos, las hiperqueratosis dolorosas, la pérdida de sensibilidad o un calzado inadecuado incrementan significativamente ese riesgo.

Cuando el apoyo plantar deja de ser correcto, todo el aparato locomotor debe adaptarse. Rodillas y caderas compensan ese desequilibrio para mantener la marcha, pero lo hacen a costa de perder estabilidad y aumentar el riesgo de tropiezos y caídas. Por ello, la valoración podológica debería formar parte de cualquier estrategia de prevención en personas mayores.

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Mantener unos pies sanos ayuda a conservar la movilidad, retrasar el deterioro funcional y, por tanto, prevenir las caídas


Caminar menos acelera la fragilidad

El dolor en los pies suele asumirse erróneamente como una consecuencia inevitable del envejecimiento. Sin embargo, en muchos casos puede prevenirse o tratarse.

Cuando una persona mayor deja de caminar o reduce su actividad por molestias en los pies, comienza un círculo de deterioro funcional: disminuye la actividad física, pierde fuerza muscular, empeora el equilibrio y aumenta la fragilidad. Esa pérdida de movilidad repercute también en la participación social y favorece la dependencia.

La salud del pie también está relacionada con la sarcopenia, ya que las alteraciones en la marcha obligan a músculos y articulaciones a trabajar de forma menos eficiente. Mantener unos pies sanos ayuda, por tanto, a conservar la movilidad y retrasar el deterioro funcional.

Un profesional clave para preservar la autonomía

La labor del podólogo no se limita al tratamiento de lesiones locales. Su trabajo incluye la prevención de caídas, el abordaje del pie diabético, la prevención de úlceras, el estudio biomecánico de la marcha, la indicación de tratamientos ortopodológicos y la detección precoz de factores que comprometen la movilidad.

Por ello, su integración en los equipos multidisciplinares que atienden a las personas mayores aporta un valor añadido, especialmente en residencias y centros sociosanitarios, donde el objetivo no es únicamente tratar enfermedades, sino mantener la funcionalidad y la independencia el mayor tiempo posible.

A medida que aumenta la esperanza de vida, el reto ya no es solo vivir más años, sino vivirlos con calidad. Cuidar los pies es cuidar los cimientos del movimiento. Y, en muchas ocasiones, preservar esos cimientos significa conservar la capacidad de caminar, prevenir caídas y mantener la autonomía de las personas mayores.