Un artículo de Grupo Los Nogales

En la atención a las personas mayores, no todos los cambios deben interpretarse como una consecuencia inevitable de la edad. Una caída repetida, una pérdida de apetito, una desorientación repentina o una alteración en la autonomía pueden ser señales de que algo está ocurriendo y requieren una valoración más amplia.

Los síndromes geriátricos son situaciones clínicas frecuentes en edades avanzadas, suelen tener un origen multifactorial y pueden afectar de forma significativa a la funcionalidad, la autonomía y la calidad de vida. En Grupo Los Nogales, su detección temprana forma parte del trabajo diario de los equipos multidisciplinares, que comparten el día a día con las personas residentes y pueden identificar cambios sutiles en el estado de ánimo, el comportamiento, la movilidad, el apetito o la participación en las actividades cotidianas.

Esta mirada diaria permite diferenciar entre variaciones puntuales y signos de alerta que pueden estar relacionados con factores físicos, cognitivos, emocionales o sociales. Detectarlos a tiempo ayuda a prevenir complicaciones, evitar pérdida funcional y adaptar los cuidados a las necesidades reales de cada persona.

Este abordaje se apoya en la coordinación entre perfiles asistenciales y en una Atención Centrada en la Persona, orientada a tratar enfermedades sin perder de vista la preservación de capacidades, la autonomía y la calidad de vida.

Para profundizar en este enfoque, hablamos con dos profesionales de Grupo Los Nogales Pacífico que intervienen en momentos complementarios del proceso: por un lado, desde la observación cotidiana y la detección de cambios en la conducta, el estado de ánimo o la autonomía; por otro, desde la valoración médica que permite interpretar esos signos y determinar si pueden estar relacionados con el inicio o la evolución de un síndrome geriátrico.

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Detectar los síndromes geriátricos a tiempo ayuda a prevenir complicaciones, evitar pérdida funcional y adaptar los cuidados


Ana Isabel Rodríguez, terapeuta ocupacional en Los Nogales Pacífico

En el día a día de una residencia, ¿qué pequeños cambios en el comportamiento, el estado de ánimo o la autonomía de una persona mayor pueden ser una señal de alerta de que algo no va bien?

Todos los profesionales del centro nos fijamos mucho en cómo la persona realiza sus actividades cotidianas: si mantiene sus rutinas, si participa en las actividades o si muestra iniciativa. En ocasiones, detrás de una falta de ganas o de una pequeña pérdida de autonomía puede haber una situación física, emocional o cognitiva que conviene valorar.

Estas primeras señales cobran mucho sentido cuando conocemos bien a la persona. En una residencia no solo contamos con la información clínica o el historial médico; el contacto diario nos permite conocer sus rutinas, sus gustos y aquello que da sentido a su día a día. Esa mirada, propia de la Atención Centrada en la Persona, nos ayuda a identificar cuándo algo deja de ser habitual.

“El contacto diario nos permite conocer sus rutinas, sus gustos y aquello que da sentido a su día a día”


¿Por qué es importante no normalizar determinados cambios atribuyéndolos simplemente a la edad?

Porque envejecer no significa dejar de hacer cosas ni perder calidad de vida. Es cierto que existen cambios asociados a la edad, pero no todo debe explicarse por el envejecimiento. A veces se normalizan situaciones con frases como “es normal, ya es mayor”, cuando en realidad pueden tener una causa concreta sobre la que es posible intervenir.

Ese cambio puede estar indicando que algo necesita atención. Detectarlo a tiempo nos permite prevenir un mayor deterioro y ayudar a que la persona siga participando en aquello que da sentido a su día a día.

¿Cómo se coordina el equipo en el día a día para que la observación continuada de profesionales como psicólogos, terapeutas ocupacionales o animadores contribuya a detectar precozmente estos cambios?

La clave está en una buena comunicación entre todos los profesionales y en poner en común las observaciones que puedan surgir en el día a día. Aunque cada disciplina tiene una mirada específica, cualquier profesional puede detectar señales que merezcan un seguimiento más profundo. A partir de ahí, se recopila más información y se realiza una valoración más específica para entender qué puede estar ocurriendo e intervenir de forma temprana.

Antonella Arpaia, profesional del equipo médico de Los Nogales Pacífico

Cuando un profesional detecta uno de estos cambios, ¿cómo se determina si estamos ante un síntoma aislado o ante el inicio de un síndrome geriátrico?

Lo primero es valorar si ese cambio forma parte del envejecimiento normal o si está afectando a la funcionalidad de la persona. Muchas veces se interpretan determinados cambios como una etapa más de la vida, cuando en realidad existen opciones para mejorarlos o retrasar su evolución durante el mayor tiempo posible.

En geriatría no nos fijamos solo en un síntoma, sino que evaluamos al paciente en su conjunto para determinar con precisión las posibles causas y los cuidados o soluciones más adecuados. Junto con el equipo multidisciplinar, valoramos si se han producido cambios en la movilidad, la autonomía, la memoria, el apetito, el estado de ánimo o la capacidad para realizar las actividades diarias.

Un síntoma aislado puede aparecer de forma puntual y no tener consecuencias importantes. Sin embargo, cuando persiste, se repite o empieza a acompañarse de otros signos, puede indicar que hay algo más detrás. Por eso es tan importante realizar un seguimiento adecuado de cada paciente y conocer bien cuál es su estado basal.

“En geriatría no nos fijamos solo en un síntoma, evaluamos al paciente en su conjunto para identificar la causa y adaptar los cuidados a sus necesidades”


¿Qué cambia en el abordaje clínico cuando estos signos de alerta se detectan a tiempo?

Detectarlos de forma precoz nos permite actuar antes de que aparezcan complicaciones y, en muchos casos, evitar que la persona pierda funcionalidad. Cuando estos síntomas se identifican a tiempo, podemos buscar la causa de forma más eficaz, revisar los tratamientos y escoger el abordaje más adecuado en cada caso.

Esto facilita intervenir sobre factores modificables y plantear estrategias orientadas a mantener la autonomía del paciente. El objetivo no es solo tratar enfermedades, sino ayudar a que la persona conserve su independencia el mayor tiempo posible y mantenga una buena calidad de vida a lo largo de las distintas etapas vitales.

¿Qué consecuencias puede tener no detectar a tiempo estos signos de alerta o interpretarlos como parte del envejecimiento normal?

Es importante mantener una atención constante a las personas mayores, desde el cariño y la profesionalidad, para no pasar por alto posibles signos de deterioro ni asumirlos como parte natural del envejecimiento sin valorar si requieren cambios en la rutina o en los cuidados. Cuando estos signos pasan desapercibidos, pueden aparecer consecuencias importantes.

Por ejemplo, una persona que hasta ese momento era independiente y realizaba su vida con normalidad puede comenzar a perder autonomía de forma progresiva, con un mayor riesgo de dependencia, ingresos hospitalarios, complicaciones clínicas y deterioro de su estado general.

En muchos casos, estas consecuencias pueden evitarse o retrasarse en el tiempo con unos cuidados adecuados y con cambios en la rutina diaria que favorezcan la actividad física y cognitiva, contribuyendo así a un envejecimiento activo.

Por eso, debemos prestar atención a signos que a veces se interpretan erróneamente como parte natural del envejecimiento, como las caídas frecuentes, la pérdida de peso, la disminución de la movilidad, la reducción de la actividad habitual o determinados cambios cognitivos. Pueden ser las primeras señales de que algo está ocurriendo y no deben pasarse por alto.

La detección temprana de los síndromes geriátricos requiere una mirada compartida entre todos los profesionales que intervienen en el cuidado diario. Desde el modelo asistencial de Grupo Los Nogales, conocer a la persona, identificar cambios en su estado habitual y actuar de forma coordinada permite anticipar riesgos, adaptar los cuidados y preservar durante más tiempo su funcionalidad, autonomía y calidad de vida.