geriatricarea maltrato Jaime Berdejo


Un artículo de Jaime Berdejo Francés,
Psicogerontólogo – doctorando Universidad de Valencia,
miembro de la Asociación Española de Psicogerontología

El envejecimiento de la población ha convertido a las demencias y, especialmente, a la enfermedad de Alzheimer, en uno de los mayores retos sanitarios y sociales del siglo XXI. Durante las últimas décadas, la investigación ha identificado numerosos factores de riesgo modificables relacionados con el deterioro cognitivo, como la hipertensión, la diabetes, el aislamiento social, la depresión o el bajo nivel educativo. Sin embargo, existe un factor que apenas ha comenzado a recibir la atención que merece: la exposición al maltrato y la ausencia de relaciones protectoras a lo largo del ciclo vital.

Las mujeres representan aproximadamente dos tercios de las personas que viven con enfermedad de Alzheimer. Tradicionalmente esta diferencia se ha explicado por una mayor esperanza de vida, pero cada vez existe mayor consenso en que los factores biológicos no son suficientes para comprender esta desigualdad. Las experiencias vitales, las desigualdades sociales y la exposición mantenida a diferentes formas de violencia pueden desempeñar un papel relevante en la salud cerebral durante el
envejecimiento. (Alzheimer’s Journals).

Del trauma infantil a la salud cerebral en la vejez

Las experiencias adversas durante la infancia (Adverse Childhood Experiences, ACEs) constituyen uno de los campos de investigación que más ha crecido en los últimos años. Diversos estudios han demostrado que el abuso físico, psicológico, sexual, la negligencia o la convivencia en entornos familiares altamente conflictivos dejan una huella biológica persistente sobre los sistemas neuroendocrino, inmunitario y cardiovascular.

Recientemente, una revisión sistemática y metaanálisis concluyó que las experiencias adversas en la infancia se asocian con un mayor riesgo de desarrollar demencia en etapas posteriores de la vida. Del mismo modo, otra revisión sistemática encontró una asociación consistente entre las ACEs y un peor rendimiento cognitivo en la vejez, aunque señaló la necesidad de estudios longitudinales de mayor calidad metodológica. (PubMed).

Estos hallazgos apoyan la hipótesis de que el daño acumulado a lo largo del ciclo vital puede disminuir la denominada «reserva cognitiva», haciendo al cerebro más vulnerable frente a los procesos neurodegenerativos.


Violencia de pareja: mucho más que un problema social

La violencia ejercida por la pareja constituye uno de los principales problemas de salud pública que afectan a las mujeres. Sus consecuencias psicológicas inmediatas son ampliamente conocidas: depresión, ansiedad, trastorno por estrés postraumático, alteraciones del sueño o aislamiento social. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a estudiarse también su posible repercusión sobre la salud cerebral.

Un estudio reciente realizado sobre casi 15.000 mujeres del Nurses’ Health Study II observó que aquellas que habían sufrido violencia de pareja presentaban un peor rendimiento cognitivo años después, siendo el maltrato psicológico el subtipo que mostró la asociación más consistente. Los autores plantean que la violencia de pareja debería considerarse una exposición relevante en la investigación sobre factores de
riesgo de demencia. (Alzheimer’s Journals).

A ello se añade la evidencia creciente que relaciona la violencia física repetida con traumatismos craneoencefálicos leves, un factor que también podría contribuir al deterioro cognitivo y aumentar la vulnerabilidad frente a enfermedades neurodegenerativas. (PMC).

Depresión, ansiedad y deterioro cognitivo: un posible mecanismo mediador

El maltrato no actúa únicamente de forma directa. Probablemente lo hace mediante un complejo entramado de mecanismos biológicos y psicológicos.

La exposición continuada a situaciones de violencia favorece la activación crónica del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, incrementando la liberación mantenida de cortisol. Esta respuesta fisiológica mantenida se ha relacionado con procesos inflamatorios, alteraciones vasculares y cambios estructurales en regiones especialmente sensibles como el hipocampo.

Paralelamente, la depresión y la ansiedad —ambas muy frecuentes entre mujeres que han sufrido violencia— constituyen factores de riesgo reconocidos para el deterioro cognitivo y la demencia. Es posible, por tanto, que parte de la relación entre maltrato y deterioro cognitivo esté mediada por estas alteraciones emocionales, aunque probablemente no sea el único mecanismo implicado. (Wiley Online Library).

La ausencia de buen trato también importa

Habitualmente se estudia la presencia del maltrato, pero con mucha menor frecuencia se analiza la ausencia de experiencias protectoras.

Desde la perspectiva del desarrollo humano, crecer, vivir y envejecer en entornos caracterizados por el apoyo emocional, el reconocimiento, la seguridad afectiva y las relaciones sociales positivas favorece la resiliencia y puede contribuir a aumentar la reserva cognitiva.

Por ello, la ausencia de buen trato no debe entenderse simplemente como la inexistencia de violencia física. La falta de afecto, de apoyo, de reconocimiento o de relaciones significativas puede constituir un estresor mantenido cuyas consecuencias sobre la salud mental y cognitiva todavía están insuficientemente estudiadas.

geriatricarea maltrato mujer mayor
La violencia ejercida por la pareja constituye uno de los principales problemas de salud pública con repercusión sobre la salud cerebral


Una nueva herramienta para medir la exposición al maltrato durante toda la vida

En este contexto se enmarca la investigación doctoral «Imágenes que hablan», actualmente en proceso de validación en la Universitat de València.

El proyecto parte de una premisa sencilla: las experiencias de maltrato no pueden comprenderse adecuadamente si únicamente se exploran los acontecimientos recientes. La historia vital completa constituye un elemento esencial para interpretar la situación de una persona mayor.

El instrumento utiliza 20 imágenes generadas mediante inteligencia artificial, organizadas cronológicamente desde la infancia hasta la vejez. Cada imagen representa situaciones relacionadas tanto con el maltrato (físico, psicológico, sexual, negligencia, abandono o violencia vicaria) como con la ausencia de buen trato. A través de una escala tipo Likert, las participantes valoran el grado en que cada situación refleja su propia experiencia.

La herramienta pretende ofrecer un perfil acumulativo de exposición a experiencias adversas y protectoras a lo largo del ciclo vital, minimizando el sesgo de deseabilidad social que con frecuencia aparece en los cuestionarios convencionales.

Actualmente, el instrumento está siendo sometido a un proceso de validación psicométrica que incluye evaluación por expertos, grupos focales con mujeres mayores, análisis de validez convergente mediante las escalas ACEs, WAST y EASI, así como la valoración emocional de las imágenes mediante el sistema SAM (Self-Assessment Manikin), siguiendo la metodología desarrollada en el ámbito del International
Affective Picture System (IAPS).

Mirando hacia el futuro

Probablemente todavía no podamos afirmar que el maltrato cause demencia. Sin embargo, la evidencia acumulada permite plantear que la exposición continuada a experiencias traumáticas y la ausencia de relaciones protectoras constituyen variables relevantes que podrían aumentar la vulnerabilidad al deterioro cognitivo mediante múltiples mecanismos biológicos, psicológicos y sociales.

Incorporar la historia de maltrato dentro de la valoración geriátrica integral podría mejorar la identificación precoz de mujeres con mayor riesgo y abrir nuevas vías de prevención e intervención.

La investigación sobre salud cerebral está evolucionando desde un enfoque exclusivamente biomédico hacia otro verdaderamente biopsicosocial. En ese cambio de paradigma, comprender la biografía emocional de las personas mayores puede resultar tan importante como conocer sus factores de riesgo cardiovasculares.

Bibliografía