Lo que el caso del “celador d’Olot” nos cuenta sobre el cruce entre edadismo y violencia machista (y mis reflexiones después de ver la serie ‘Crims‘, de Carles Porta)

Un artículo de la Dra. Sacramento Pinazo-Hernandi,
Directora del Grupo de Investigación BestAging de la Universidad de Valencia.

Nueve mujeres de entre 80 y 96 años. Eso es lo que tenían en común Paquita Gironès, Sabina Masllorens, Montserrat Guillamet, Montserrat Canalies, Carme Vilanova, Isidra García, Teresa Puig, Rosa Babures y Francisca Matilde Fiol. Y otra cosa más: vivían en la residencia geriátrica La Caritat de Olot cuando Joan Vila las asesinó entre agosto de 2009 y octubre de 2010. Junto a ellas murieron también dos hombres, Joan Canal y Lluís Salleras.

Pero el patrón abrumador del “celador d’Olot” fue que nueve de las once víctimas fueron mujeres. No es un detalle ornamental: es la pista central de un caso que, quince años después, sigue funcionando como retrato sin filtros del cruce entre edadismo y violencia hacia la mujer mayor y vulnerable.

El caso del asesino múltiple forma parte de uno de los capítulos de la primera temporada de la serie Crims, de TV3.

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El caso del “celador d’Olot” ejemplifica el cruce entre edadismo y violencia machista


La denuncia que nadie quiso escuchar

Paquita Gironès tenía 85 años cuando intentó denunciar a Joan Vila por agresiones físicas. Le había pegado, dijo a sus allegados. Nadie le hizo caso. Pocas semanas después, el 17 de octubre de 2010, Vila la asesinó en su habitación administrándole con una jeringa un desincrustante ácido que destruyó los tejidos de su boca y faringe. Fue la última de las once personas a las que mató.

Si la médica de guardia del Hospital Sant Jaume de Olot no se hubiera negado a firmar el certificado de defunción al ver una marca extraña alrededor de la boca de Paquita, su muerte habría pasado por “muerte natural”, como las diez anteriores.

La denuncia desoída de Paquita Gironès es probablemente el episodio que mejor sintetiza la doble invisibilidad descrita por el propio Defensor del Pueblo en su Informe Anual 2024: cuando una mujer mayor habla de la violencia que ejerce sobre ella un hombre, el sistema asume por defecto que confunde, que delira o que es “cosa de la edad”.

La Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2019 lo refleja con claridad: aunque un 8,5% de las mujeres de 65 años o más declara haber sufrido violencia física o sexual de pareja a lo largo de la vida, son precisamente las que menos utilizan los servicios de ayuda. Cuando hablan, no se las cree. Cuando callan, se asume que es porque no pasa nada.

“Míralas qué bellas están muertas”

Esta es una frase que Joan Vila repetía y que está recogida en la sentencia condenatoria de la Audiencia de Girona (21 de junio de 2013, confirmada por el Tribunal Supremo en octubre de 2014). Conviene leerla despacio.

Vila no las llama por su nombre: las cosifica como conjunto. Y, sobre todo, les concede en la muerte el atributo (la belleza) que la sociedad les niega en vida, “por viejas”. La violencia estética es una de las formas específicas en que el edadismo se ceba con las mujeres y alcanza aquí su forma extrema: en el imaginario del autor de los crímenes, solo es posible mirarlas hermosas cuando ya no pueden devolverle la mirada.

No es casual que las once víctimas comparezcan ante un único verdugo varón; tampoco lo es que nueve de las once sean mujeres. La violencia machista, cuando se ejerce sobre mujeres mayores y en situaición de dependencia puede encontrar otros escenarios de poder asimétrico, como las residencias.

A esa cosificación se le superpone una segunda capa, la del paternalismo. El asesino dijo en el juicio: “Me molesta eso de intención de matar, yo quería mucho a estas personas”. Es la lógica clásica del “ángel de la muerte”, la categoría criminológica con la que se ha designado al cuidador sociosanitario que asesina a personas a su cargo.

La propia etiqueta es funcionalmente edadista, mistificando al autor con plumas de ángel y diluyendo a las víctimas en plural, pero también opera como eufemismo de algo más incómodo: un hombre que decide sobre la vida de mujeres mayores a las que dice “querer” a su manera. Las quiere sin pedirles permiso. Las mata sin pedirles permiso.

El entorno que normaliza

Vila no actuó en silencio. Comentaba con sus compañeras, con tono casi de queja, frases como: “¡Qué mala suerte, siempre se me mueren a mí!”. Pudo decirlo en voz alta y sin levantar sospechas porque, en el imaginario colectivo de una residencia, la muerte de una mujer mayor institucionalizada “no extraña a nadie”. Es lo esperado. Parece que “es lo que toca”. La presunción “mujer mayor + residencia = muerte previsible” funcionó como protocolo invisible durante catorce meses.

El dato institucional es elocuente. La investigación judicial, una vez detenido Vila, ordenó revisar todas las defunciones registradas en La Caritat desde su incorporación al centro. Resultado: 59 personas fallecidas en ese periodo; 27 de ellas habían muerto durante turnos en los que Vila había trabajado (casi la mitad).

Esa anomalía estadística estaba allí, en los registros del centro, durante meses. Ningún protocolo de auditoría interna la detectó; ninguna inspección externa, ni la de la Generalitat de Catalunya, ni ninguna otra, acudió a mirar qué estaba ocurriendo en aquel centro. Para que se mirase, hizo falta que una médica externa al circuito de la residencia se negase a firmar una defunción más.

El apodo que sobrevive, los nombres que se diluyen

El hombre que asesinó a once personas tiene un apodo memorable, “el celador d’Olot”, “el ángel de la muerte”, una biografía publicada, podcasts, dos episodios de televisión y un libro. Las nueve mujeres asesinadas son nombradas como colectivo: “las ancianas”, “las víctimas de”, “los once de La Caritat”. Otro edadismo: despersonificar e invisibilizar. Cuerpos numéricamente equivalentes en un relato cuyo protagonista es siempre el mismo: él.

Crims, el programa de TV3 dirigido por Carles Porta, dedicó al caso el tercer capítulo de su primera temporada en 2020. El propio título del episodio, “El celador d’Olot”, refleja esa lógica de la época. Años después, Porta reconoció en entrevistas que en las nuevas y siguientes temporadas han adoptado un criterio distinto: titular los capítulos con el nombre de las víctimas, como “pequeño homenaje”.

Es un reconocimiento implícito de que el formato originario reproducía el mismo gesto invisibilizador que el caso, por su contenido, venía a denunciar. Nueve nombres femeninos pesan menos en la memoria colectiva que un apodo masculino bien construido.

Olot y Santander: el patrón que se silencia

El “celador d’Olot” no es un caso aislado en la historia criminal española. Podemos recordar entre 1987-1988, en Santander, José Antonio Rodríguez el Mataviejas”, violó y asesinó a 16 mujeres mayores en sus propios domicilios.

Se ganaba la confianza de mujeres que vivían solas en el barrio ofreciéndose para pequeños arreglos domésticos y volvía después para matarlas asfixiándolas, simulando muerte natural. Hasta el séptimo crimen, lo consiguió: todas las muertes pasaron por “fallecimientos naturales”. “Lo esperable” en mujeres mayores que vivían solas.

Olot y Santander, separados por más de veinte años y por la distancia entre una residencia de personas mayores y un domicilio particular, comparten algo muy similar y una verdad incómoda: un hombre con acceso privilegiado, que se gana la confianza de mujeres, víctimas siempre mujeres mayores y físicamente vulnerables, un método diseñado para parecer muerte natural y una larga serie de asesinatos antes de la detección.

Y la misma presunción protectora: “mujer mayor que muere en su entorno habitual = lo normal, lo esperable, muerte previsible”, funcionando como el mejor encubridor posible. En ambos, la masculinidad violenta sobre cuerpos femeninos frágiles encontró escenarios en los que ejercerse durante meses sin alarma social.

Vila (11 víctimas en siglo XXI) y Rodríguez (16 víctimas, en siglo XX) figuran entre los asesinos en serie con más víctimas confirmadas de la historia criminal española reciente. Y, sin embargo, ambos pesan en el imaginario colectivo claramente menos que asesinos con cifras notablemente inferiores (podemos recordar “el asesino de la baraja”, “el del rol”, “el de Pioz”), cuya presencia en documentales, libros, películas y series desborda con creces la del caso d’Olot o el de Santander.

La pregunta es incómoda, y es triste plantearla porque ya sé la respuesta: ¿Por qué los dos asesinos en serie con más víctimas reciben menos eco mediático que los que mataron menos?

La respuesta está clara: cuando las asesinadas son mujeres mayores, en su casa o en la residencia, frágiles, dependientes, el caso parece ser de menor interés. Como si el horror se midiese, tácitamente, por la “relevancia social” atribuida a quien muere.

Esa jerarquía silenciosa también es edadismo. Y también es machismo. Asumir que la muerte de una mujer de 87 años “impacta menos” porque “le quedaba poco”, porque “se confunde con la vejez” o porque su rostro no vende portadas, es la misma lógica que protegió a Vila durante catorce meses y a Rodríguez Vega durante un año. La invisibilidad mediática completa la invisibilidad institucional. Que el patrón haya persistido cuatro décadas entre dos casos casi calcados es, quizá, el dato más elocuente.

Cuatro planos, una misma trama

«Una mujer mayor muere en el hospìtal d’Olot. Podría ser una muerte natural; es una anciana que estaba enferma. Pero una médico se niega a firmar la defunción, porque ve cosas extrañas». Esta frase nombra explícitamente el sesgo edadista (podría ser una muerte natural, es una anciana …).

El caso del “celador d’Olot”, no parece solo la historia de un asesino en serie particular. Es un manual involuntario de cómo opera la intersección edadismo-machismo en varios planos simultáneos:

  1. En el lenguaje del autor de los crímenes: la cosificación estética y el paternalismo afectivo (él creía ser dueño de sus vidas).

  2. En el entorno laboral: la naturalización de la muerte de mujeres mayores institucionalizadas, que permitió que Vila comentase “Siempre se me mueren a mí”.

  3. En el filtro institucional: la denuncia desoída de Paquita Gironès en vida y el patrón estadístico no detectado (casi la mitad de las muertes en sus turnos), sin ninguna inspección.

  4. En la narrativa mediática: el apodo masculino que sobrevive, los nombres femeninos que se diluyen en el plural “ancianas”. Y, en el plano comparado, el espejo de Santander: dos décadas antes, los mismos cuerpos, el mismo silencio.

Necesitamos medidas que tengan en cuenta la relación entre edadismo y machismo. En el ámbito sociosanitario, eso se traduce en cosas muy concretas:

  • datos desagregados por sexo y edad en toda investigación sobre “personas mayores” y “cuidados”;
  • protocolos de detección de violencias específicos para residencias y domicilios, con perspectiva de género
  • obligación de tomar en serio las denuncias verbales de las personas cuidadas, particularmente las de mujeres ante cuidadores hombres
  • prevención activa de las violencias contra mujeres mayores en todos los lugares y en especial, en residencias y domicilios

Porque sabemos aún muy poco. Y, en lo simbólico, es urgente nombrar a las mujeres. Paquita, Sabina, Montserrat, Montserrat, Carme, Isidra, Teresa, Rosa, Francisca. Nueve mujeres mayores. No “ancianas”. No “víctimas del celador”. Nueve mujeres con nombre propio que hablaron, cuidaron, que tuvieron sobrinas que les notaron las marcas, que intentaron denunciar y que nadie les creyó.

Reconocer eso es la única manera de impedir más violencias contra mujeres mayores. !Basta ya!

Referencias: