geriatricarea inteligencia emocional Mayte Vázquez Resino



Un artículo de Mayte Vázquez Resino,
Psicóloga Sanitaria

“El esfuerzo desinteresado para llevar alegría a los demás será el comienzo de una vida más feliz para nosotros mismos”
Helen Keller

Introducción

El envejecimiento poblacional actual se contempla como un logro sanitario y social, en principio porque se ha alcanzado una edad de esperanza de vida que se sitúa actualmente en 86,3 para mujeres y 81,1 para hombres, en relación con la comparable en 2000 de 76,4 años para mujeres y 71,2 años para hombres.

Es necesario constatar que estos cambios se deben a la evolución positiva del estilo de vida, hábitos saludables y la práctica y desarrollo de un envejecimiento exitoso, promovido durante años.

Sin embargo, esta longevidad también implica vulnerabilidades en las personas mayores, como son las demencias, deterioros cognitivos, los duelos y por ende la soledad no deseada o el aislamiento social, entre otros y que tanto nos preocupan.

Este envejecimiento de la población y el aumento de la esperanza de vida han dado lugar a una nueva etapa vital que difiere mucho de la imagen tradicional asociada a la vejez. Actualmente, las personas que llegan a la jubilación suelen contar con mejor salud, mayor formación académica, más estabilidad económica y una conciencia más desarrollada de sus derechos y capacidades.

Es nuestro objetivo mostrar no solo esas vulnerabilidades que asolan en esta etapa, sino también destacar la importancia y la necesidad del acompañamiento y los cuidados emocionales, desde este sector concreto de personas jubiladas, con tiempo libre, dedicación y en pleno envejecimiento activo y significado vital.

geriatricarea voluntariado
El voluntariado sénior es herramienta para afrontar los retos de los cuidados de larga duración y el acompañamiento emocional


Vulnerabilidades y fragilidad en la sociedad actual

Un tema clave es detectar, prevenir y tratar la fragilidad en las personas mayores. Se entiende por fragilidad el deterioro progresivo, relacionado con la edad, de los sistemas fisiológicos que provoca una disminución de las reservas de la capacidad intrínseca, lo que confiere una mayor vulnerabilidad a los factores de estrés y el aumento del riesgo de una serie de resultados sanitarios adversos.

Se entiende por persona vulnerable aquella persona que presenta déficits o carencias en distintos ámbitos que afectan negativamente a su autonomía, independencia y capacidad de adaptación integral. Estas dificultades pueden manifestarse en el plano sociofamiliar, cultural, sanitario o económico, repercutiendo además en su bienestar psicológico y social. Especialmente resaltamos a personas que, aun disponiendo de ciertos recursos sociales, económicos o de salud, éstos resultan insuficientes, deteriorados o poco accesibles, influyendo negativamente en su calidad de vida.

Siguiendo la definición de la Organización Mundial de la Salud (2007), el concepto de calidad de vida se relaciona con la percepción que cada individuo tiene de su posición en la vida dentro de su contexto cultural y sistema de valores, en relación con sus metas, expectativas y preocupaciones. Cuando esta percepción se ve afectada, la persona puede situarse en una posición de mayor riesgo o amenaza frente a su entorno social.

La vulnerabilidad, por tanto, se concibe como una situación dinámica y relativa de mayor riesgo, vinculada al deterioro de la capacidad de anticiparse, resistir y recuperarse frente a situaciones adversas, ya sean de origen natural o derivadas de la actividad humana. Asimismo, suele asociarse a experiencias de pérdida relacionadas con la salud, los ingresos, la autonomía o las capacidades básicas.

Desde esta perspectiva, se distinguen tres tipos de vulnerabilidad:

  • Vulnerabilidad física, relacionada con el riesgo de discapacidad derivado del proceso de envejecimiento biológico.
  • Vulnerabilidad social-dependiente, vinculada al riesgo de dependencia y no autonomía en la vejez y condicionada por los contextos sociofamiliares y ambientales.
  • Vulnerabilidad ambiental, asociada a las condiciones del entorno donde envejece la persona, incluyendo factores relacionados con la vivienda, el barrio, los servicios y equipamientos urbanos, así como elementos subjetivos como el arraigo, el sentido de pertenencia o la proximidad de familiares y vecinos.

Y en este contexto el voluntariado ocupa un lugar muy importante en esta sociedad del cuidado y el bienestar, ya que no solo es necesario contar con personas que acompañen, sino que fomenten y favorezcan la creación de vínculos de confianza, cercanía y seguridad entre las personas mayores y su entorno.

En este concepto se entronca la importancia del significado vital y donde otras personas, con las que se sientan vinculadas, ayuden a englobar experiencias, necesidades, motivaciones, cogniciones y emociones, que den y alimenten el sentido en estos momentos. (Vázquez, 2024).

Evolución de los Cuidados. Hacia un voluntariado dinámico y eficaz

Lejos de adoptar una actitud pasiva, muchas personas mayores desean continuar activas, mantener sus intereses y seguir participando en la sociedad, de hecho, las nuevas generaciones de jubilados rechazan la imagen de la persona mayor aislada o inactiva y buscan actividades relacionadas con el aprendizaje, la cultura, el ocio participativo, la vida comunitaria y el voluntariado. Además, gran parte de este colectivo mantiene importantes responsabilidades familiares, especialmente en el cuidado de hijos, nietos o familiares dependientes, lo que ha llevado a denominar a muchas de estas personas como la “generación sándwich”.

A medida que el perfil de las personas mayores ha cambiado, también han cambiado sus intereses y expectativas. Uno de los ámbitos donde más claramente se refleja esta participación activa es el voluntariado. Las personas mayores realizan una importante labor de apoyo tanto dentro de sus familias como en la sociedad en general. Esta contribución no solo mejora la calidad de vida de quienes reciben ayuda, sino que fortalece el bienestar colectivo y la cohesión social.

Evidencia e investigaciones

Las investigaciones muestran que las personas que envejecen de forma positiva suelen implicarse en actividades que benefician a otros, como el cuidado de nietos, los proyectos intergeneracionales o las acciones de voluntariado (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2002; Villar, Celdrán y Serrat, 2013).

Aunque en España el porcentaje de personas mayores que participa en actividades voluntarias es inferior al de otros países europeos, existe un importante potencial de crecimiento, ya que muchas personas expresan su deseo de colaborar socialmente, aunque todavía no hayan encontrado la oportunidad adecuada para hacerlo (IMSERSO, 2022; Plataforma del Voluntariado de España, 2023).

La participación en proyectos de voluntariado genera importantes beneficios personales y sociales. Por un lado, favorece el desarrollo de nuevas habilidades, mejora la autoestima, amplía las relaciones sociales y proporciona bienestar emocional (Morrow-Howell, 2010; Piliavin y Siegl, 2007). Además, ayuda a las personas a encontrar un sentido vital en esta etapa de la vida, evitando sentimientos de inutilidad o aislamiento (Greenfield y Marks, 2004).

Por otro lado, las comunidades también se benefician de la experiencia y el compromiso de las personas mayores, fortaleciendo el capital social y promoviendo valores como la solidaridad, el apoyo mutuo y la cooperación (Putnam, 2000; Naciones Unidas, 2021).

A partir de este modelo, los proyectos de participación y voluntariado deben construirse de forma colaborativa, adaptándose a los intereses reales de las personas y a las necesidades concretas de cada comunidad (OMS, 2007). El objetivo es que las personas mayores no sean simples receptoras de actividades, sino protagonistas activas en la creación y desarrollo de iniciativas sociales, siguiendo los principios del envejecimiento activo y la participación comunitaria (Walker, 2002).

De acuerdo con el seminario presentado desde la Fundación Pilares “Retos y propuestas ante los envejecimientos” (2024), entre las propuestas concretas de mejora se incluyen conocer mejor a las personas usuarias de los centros y sus historias de vida, formar a los profesionales en metodologías participativas, fortalecer el trabajo comunitario, establecer alianzas con otras asociaciones y entidades sociales, crear redes de buenas prácticas y promover campañas de sensibilización sobre las distintas formas de voluntariado (IMSERSO, 2020; Fernández-Ballesteros, 2019).

Las personas mayores actuales desean seguir formando parte activa de la sociedad y aportar su experiencia y conocimientos. Por ello, resulta fundamental transformar los centros de mayores en espacios comunitarios abiertos, inclusivos e intergeneracionales, subrayándose la importancia de no olvidar a las personas más vulnerables o en situación de soledad, garantizando apoyos personalizados que les permitan continuar participando en la vida social y comunitaria (OMS, 2015; Comisión Europea, 2021).

Conclusiones

El envejecimiento de la población constituye uno de los mayores logros sociales y sanitarios de las últimas décadas, y en este contexto, resulta fundamental comprender que la vejez actual ha cambiado profundamente.

Las nuevas generaciones de personas jubiladas llegan a esta etapa con mejores niveles de salud, formación y participación social, así como con el deseo de continuar activas y vinculadas a la comunidad. Lejos de identificarse con modelos pasivos de envejecimiento, muchas personas mayores desean seguir aportando su experiencia, conocimientos y capacidad de cuidado a la sociedad.

El voluntariado sénior emerge, así como una herramienta clave para afrontar los retos de los cuidados de larga duración y el acompañamiento emocional. Su contribución no solo mejora la calidad de vida y el bienestar de las personas vulnerables, sino que también fortalece los vínculos comunitarios, fomenta la cohesión social y genera entornos más humanos, cercanos y solidarios.

Asimismo, la participación en actividades de voluntariado aporta beneficios significativos para las propias personas mayores, favoreciendo el envejecimiento activo, el sentimiento de utilidad, la autoestima, las relaciones sociales y el sentido vital en esta etapa de la vida. De este modo, el voluntariado se convierte en un espacio de reciprocidad donde todas las personas implicadas resultan beneficiadas.

Por ello, se hace necesario impulsar modelos de participación más abiertos, flexibles e inclusivos, orientados al bienestar de las personas mayores El futuro de los cuidados pasa, en gran medida, por reconocer y potenciar el enorme valor social del voluntariado y de las personas mayores como agentes activos de transformación y bienestar colectivo.

Bibliografía: