Un artículo de Mayte Vázquez Resino,
Psicóloga Sanitaria

Introducción

La soledad no deseada constituye una experiencia subjetiva, compleja y multidimensional, que puede afectar significativamente al bienestar psicológico, emocional y social de las personas mayores. Sin embargo, vivir solo no implica necesariamente experimentar soledad, por lo que resulta fundamental diferenciar entre la condición objetiva de vivir en solitario y la percepción subjetiva de aislamiento o falta de conexión significativa.

La evaluación de esta problemática requiere considerar factores personales, familiares, sociales, ambientales y psicológicos, así como las fortalezas y recursos disponibles en el entorno de la persona.

En el ámbito de la intervención psicológica con personas mayores, la atención domiciliaria presenta características específicas, dado que el profesional desarrolla su actuación en el entorno natural de la persona. Este contexto permite obtener información relevante sobre sus rutinas, relaciones, condiciones ambientales y dinámicas familiares, pero exige también competencias profesionales específicas relacionadas con la adaptación, la observación y el respeto por la intimidad.

En este marco, el Modelo de Atención Centrada en la Persona constituye el eje de referencia para el acompañamiento y la intervención, situando a la persona como protagonista activa del proceso y priorizando su dignidad, autonomía, historia de vida, preferencias y singularidad.

Modelo de Atención Centrada en la Persona

El origen de algunos de los principios fundamentales de la Atención Centrada en la Persona se vincula con el trabajo del psicoterapeuta estadounidense Carl Rogers (1902-1987), representante de la corriente humanista. Durante las décadas de 1950 y 1960, Rogers (1951), desarrolló una concepción de la psicoterapia orientada a superar una visión reduccionista y determinista del ser humano.

Desde esta perspectiva, se reconoce la capacidad de la persona para comprender su propia situación y participar activamente en su proceso de cambio. Paralelamente, el profesional deja de ocupar una posición exclusivamente directiva y pasa a desarrollar su función dentro de una relación caracterizada por la aceptación incondicional, la empatía y la autenticidad.

Posteriormente, estos principios fueron trasladados al ámbito de las personas mayores y de los cuidados gerontológicos, especialmente a través del trabajo desarrollado por el Bradford Dementia Group y Tom Kitwood (1997) Este autor destacó la importancia de considerar, además del deterioro neurológico, aspectos como la personalidad, la biografía, la salud y las relaciones sociales de la persona.

Kitwood (1997), identificó diferentes necesidades psicosociales fundamentales, entre ellas el confort, la identidad, el apego, la ocupación y la inclusión. Estas necesidades adquieren especial relevancia cuando se interviene con personas mayores que experimentan situaciones de aislamiento o soledad.

La Atención Centrada en la Persona puede entenderse, por tanto, como un modelo de carácter ético cuyo objetivo es garantizar que la persona sea tratada con dignidad, respetando su autonomía y singularidad y considerando su trayectoria vital, gustos y preferencias. Desde este enfoque, la persona participa activamente en la planificación de sus cuidados, favoreciendo el bienestar emocional y la calidad de vida.

En consecuencia, la intervención psicológica ante la soledad no deseada debe evitar aproximaciones estandarizadas y promover actuaciones individualizadas que tengan en cuenta la historia de vida, las capacidades, los recursos, las preferencias y el contexto de cada persona.

Características de la intervención a domicilio.

La intervención psicológica en el domicilio presenta características diferenciadas respecto a la desarrollada en un contexto clínico convencional. Las competencias profesionales pueden organizarse en cuatro grandes dimensiones:

  • Habilidades terapéuticas y personales

La empatía y la calidez resultan esenciales para generar un clima de seguridad y confianza. La escucha activa implica atender tanto al contenido verbal como a la comunicación no verbal y al contexto ambiental.

El respeto por la intimidad y la capacidad de mantener límites profesionales son especialmente relevantes en un espacio tan personal como el domicilio. A ello se añade la flexibilidad necesaria para adaptar la intervención a las condiciones de espacio, tiempo e interrupciones propias del entorno doméstico.

  • Habilidades de observación y evaluación contextual

Una de las principales ventajas de la intervención domiciliaria reside en la posibilidad de realizar una observación ecológica de la persona. El profesional puede obtener información sobre hábitos, rutinas, organización del espacio, relaciones familiares e interacciones que difícilmente serían observables en una consulta convencional.

También resulta relevante disponer de conocimientos sobre dinámica familiar y perspectiva sistémica para comprender las relaciones que pueden favorecer o mantener determinadas situaciones de aislamiento.

  • Habilidades técnicas y metodológicas

El profesional debe estar capacitado para intervenir ante situaciones de crisis e imprevistos, así como para utilizar técnicas adaptadas al contexto. Entre ellas pueden encontrarse materiales didácticos, técnicas de relajación y actividades significativas desarrolladas en el propio domicilio.

La gestión del consentimiento y la confidencialidad adquiere especial importancia cuando existen familiares u otras personas presentes en el hogar. Por ello, deben establecerse límites claros respecto a la privacidad y al manejo de la información.

  • Habilidades de gestión

La atención domiciliaria requiere una adecuada organización temporal y logística, además de capacidad para adaptar el tratamiento a las características funcionales y de movilidad de la persona mayor.

El vínculo terapéutico como elemento central

El vínculo terapéutico constituye uno de los elementos fundamentales del proceso de intervención. Se define como la relación emocional y profesional que se construye entre terapeuta y persona atendida, sustentada en la confianza, la empatía, el respeto mutuo y la seguridad emocional.

En las personas mayores atendidas en su domicilio, esta relación puede adquirir una especial relevancia debido a que el profesional puede convertirse en una figura significativa de escucha, acompañamiento y validación emocional. Esta circunstancia es particularmente importante en etapas vitales caracterizadas por pérdidas afectivas, cambios de roles, jubilación o situaciones de soledad.

Evaluación de la soledad no deseada

La evaluación constituye una fase esencial del proceso de intervención. Antes de acudir al domicilio resulta recomendable disponer de una información inicial que permita contextualizar la situación y establecer los objetivos de trabajo.

La entrevista previa con la persona o con familiares, cuando proceda y respetando siempre los principios de consentimiento y confidencialidad, permite conocer las circunstancias generales del caso y anticipar posibles dificultades. Posteriormente, la evaluación domiciliaria debe profundizar en las dimensiones personales, psicológicas, sociales y ambientales relevantes.

Valoración

La valoración de la vulnerabilidad permite identificar diferentes fuentes de riesgo. El material distingue tres dimensiones principales:

  • Vulnerabilidad física, relacionada con el riesgo de discapacidad y los cambios derivados del envejecimiento biológico.
  • Vulnerabilidad social, relacionada con el riesgo de dependencia y condicionada por factores sociofamiliares y ambientales.
  • Vulnerabilidad ambiental, vinculada a las características de la vivienda, el barrio, los servicios disponibles, los recursos económicos y la proximidad de familiares y vecinos.

La consideración conjunta de estas dimensiones permite obtener una visión más amplia de la situación y orientar la intervención hacia los factores modificables.

Entrevista

La entrevista debe desarrollarse mediante un lenguaje accesible y centrarse en la escucha activa, prestando atención tanto al discurso como a los silencios y a la descripción de la vida cotidiana.

Instrumentos de evaluación

La información cualitativa obtenida mediante la entrevista constituye un componente fundamental de la evaluación. No obstante, el empleo complementario de instrumentos estandarizados puede contribuir a objetivar determinados aspectos y facilitar el seguimiento de la evolución.

El material propone considerar diferentes instrumentos, entre ellos la Escala Este II de Soledad Social (Pinel Zafra et al., 2009), orientada a valorar aspectos relacionados con la integración en redes y el uso de tecnologías; la Escala UCLA, versión 3 (Russell, 1996), utilizada para evaluar la insatisfacción con las relaciones sociales; y la Geriatric Depression Scale (GDS) de Yesavage,(Yesavage et al., 1983), que puede contribuir a diferenciar sintomatología relacionada con la soledad de sintomatología depresiva.

Estos instrumentos deben utilizarse como elementos complementarios dentro de una evaluación integral y no como sustitutos de la entrevista clínica y contextual.

Proceso de Intervención

  • Historia y línea de vida

La línea de vida constituye una herramienta especialmente adecuada para el trabajo con personas mayores. Consiste en representar cronológicamente acontecimientos significativos desde el nacimiento hasta el momento actual, pudiendo adoptar un formato temporal, narrativo o biográfico e incorporar fotografías, dibujos u otros elementos significativos.

Su utilización permite reforzar la identidad y la autoestima, visibilizar pérdidas importantes, detectar rupturas en las redes sociales, identificar momentos de fortaleza y comprender posibles antecedentes relacionados con la experiencia actual de soledad.

  • Objetivos de intervención

La intervención debe formularse desde el Modelo de Atención Centrada en la Persona y adaptarse a las necesidades y características individuales.

En el ámbito preventivo, pueden establecerse objetivos relacionados con el apoyo durante momentos vitales concretos, el acompañamiento y la contención emocional, la orientación y psicoeducación, el fortalecimiento de las redes de apoyo y la generación de contextos que favorezcan las fortalezas personales, el buen trato y el empoderamiento.

Cuando existe psicopatología instaurada, como ansiedad o depresión, será necesario realizar una evaluación específica y establecer la intervención psicológica correspondiente, valorando asimismo la necesidad de coordinación con otros profesionales.

  • Estrategias y terapias de intervención

La intervención debe configurarse de manera individualizada. No todas las técnicas son adecuadas para todas las personas, por lo que el profesional debe adaptar las estrategias a la historia de vida, cultura, educación, capacidades, preferencias y fortalezas de cada individuo.

Terapia cognitivo-conductual

La terapia cognitivo-conductual (TCC) puede emplearse para identificar y modificar pensamientos y conductas que contribuyen al mantenimiento de la soledad no deseada.

Entre los objetivos se encuentran la identificación de pensamientos automáticos negativos, la modificación de patrones de interpretación negativos de las interacciones sociales y la reducción de conductas de aislamiento.

La reestructuración cognitiva permite cuestionar determinadas creencias negativas y favorecer interpretaciones más realistas y funcionales. Complementariamente, el entrenamiento en habilidades sociales puede facilitar un incremento de las oportunidades de interacción y conexión social.

Terapia sistémica

La soledad puede asociarse a dificultades en los límites familiares, desequilibrios jerárquicos, crisis evolutivas no resueltas o intentos fallidos de reorganización del sistema.

Entre las dinámicas potencialmente relevantes se encuentran la sobreprotección, que puede reducir la autonomía y favorecer la pasividad, la minimización emocional y una comunicación excesivamente centrada en las tareas que no proporciona suficiente validación afectiva.

Terapias contextuales y de tercera generación

Las terapias contextuales plantean trabajar sobre la relación que la persona establece con sus pensamientos y emociones, prestando atención a los valores, el contexto y la funcionalidad.

El mindfulness puede utilizarse para favorecer la atención plena al momento presente y reducir el sufrimiento asociado a pensamientos recurrentes relacionados con el aislamiento. Entre las estrategias descritas se encuentran la respiración consciente, el escaneo corporal y la observación de pensamientos (Vázquez, M.T, 2023).

Asimismo, el trabajo orientado a valores permite identificar áreas significativas para la persona, como la conexión social, la creatividad o el aprendizaje, y establecer pequeñas acciones coherentes con dichos valores, aunque persista temporalmente la sensación de soledad.

La defusión cognitiva puede ayudar a observar los pensamientos sin asumirlos como instrucciones que necesariamente deben determinar la conducta. Estas estrategias pueden complementarse con prácticas de mindfulness durante actividades cotidianas.

Logoterapia

La logoterapia permite orientar la intervención hacia el sentido, los valores y los proyectos significativos de la persona. En el contexto de la soledad, puede facilitar una reinterpretación de la experiencia y promover actividades con significado personal.

Entre las estrategias propuestas se encuentran el relato de experiencias vitales, las actividades creativas, la reflexión sobre valores y logros, los ejercicios de escritura autobiográfica y la elaboración de pequeños proyectos adaptados al domicilio.

Estas actuaciones pueden contribuir al desarrollo de un mayor sentido de propósito, así como al fortalecimiento de la autonomía y la resiliencia.

Recursos comunitarios y acompañamiento afectivo

La intervención individual puede complementarse con recursos comunitarios y sociales. El propio vecindario, los grupos de acompañamiento, las actividades de socialización, el voluntariado y las iniciativas de buena vecindad pueden constituir elementos relevantes para ampliar las oportunidades de interacción.

La coordinación con otros agentes sociales y recursos de proximidad debe realizarse respetando en todo momento el consentimiento explícito de la persona. También pueden utilizarse recursos materiales y tecnológicos destinados a facilitar la comunicación y favorecer la participación en actividades grupales.

La intervención, por tanto, no debe limitarse al espacio terapéutico, sino contemplar el contexto social en el que se desenvuelve la persona y los recursos disponibles en su entorno.

Conclusiones

La soledad no deseada en las personas mayores constituye un fenómeno multidimensional cuya evaluación requiere diferenciar entre vivir solo y sentirse solo. La experiencia subjetiva de soledad está condicionada por factores personales, psicológicos, sociales, familiares y ambientales, por lo que su abordaje debe ser integral.

La intervención psicológica a domicilio presenta ventajas relacionadas con la posibilidad de observar a la persona en su contexto cotidiano y comprender de manera directa sus rutinas, relaciones y condiciones ambientales. No obstante, requiere competencias específicas relacionadas con la empatía, la comunicación, la observación contextual, la flexibilidad y la gestión de los límites profesionales.

El Modelo de Atención Centrada en la Persona constituye un marco de referencia especialmente relevante, ya que sitúa la dignidad, autonomía, singularidad, historia de vida y preferencias de la persona en el centro de la intervención.

La evaluación debe combinar información cualitativa procedente de la entrevista y de la observación con instrumentos estandarizados cuando sean pertinentes. La historia de vida y el análisis funcional constituyen, asimismo, herramientas útiles para identificar acontecimientos significativos, factores de riesgo, fortalezas y mecanismos que pueden estar manteniendo las conductas de aislamiento.

Finalmente, la intervención puede integrar diferentes estrategias psicológicas y comunitarias, incluyendo la terapia cognitivo-conductual, la terapia sistémica, las terapias contextuales, el mindfulness, la logoterapia y el acompañamiento afectivo. La combinación de estas herramientas debe realizarse de forma individualizada y coordinada, teniendo siempre como objetivo último favorecer el bienestar emocional, la autonomía, la participación social y una vida con significado para la persona mayor.

En consecuencia, abordar la soledad no deseada desde el domicilio supone no solo intervenir sobre el aislamiento, sino acompañar a la persona desde su propia historia, su contexto y sus fortalezas, favoreciendo que pueda recuperar o construir vínculos, actividades y proyectos que otorguen significado a su vida cotidiana.