
Un artículo de Javier Casanoves,
Psicólogo General Sanitario CV20200
Cuando una persona con demencia grita durante el aseo, rechaza la comida, intenta marcharse o empuja a quien trata de ayudarla, resulta tentador resumir la escena con dos palabras: «conducta problemática». La etiqueta es rápida. Quizá demasiado rápida. Pero la conducta siempre ocurre en un contexto y cumple alguna función, aunque esa función resulte difícil de reconocer.
En las demencias, además, las capacidades para explicar verbalmente el malestar pueden deteriorarse antes que la necesidad de expresarlo. El lenguaje pierde precisión mientras que el dolor, el miedo o la incomodidad siguen ahí. La conducta puede convertirse entonces en una de las pocas vías disponibles para comunicar lo que sucede.
Pensemos en una persona que se resiste al aseo. Desde fuera observamos oposición. Desde su experiencia puede haber dolor al movilizar un brazo, frío, vergüenza, miedo ante alguien a quien ya no reconoce, dificultad para comprender qué está ocurriendo o sensación de pérdida de control.
La misma conducta observable admite explicaciones muy diferentes. Y cada explicación requiere una respuesta distinta. Por eso, en lugar de centrarnos únicamente en «¿cómo conseguimos que deje de hacerlo?», podemos preguntarnos: «¿qué está ocurriendo para que esta conducta tenga sentido en este momento?». Ese pequeño desplazamiento cambia bastante la intervención.

La valoración comienza observando qué sucede antes, durante y después. ¿Aparece siempre a determinada hora? ¿Con una actividad concreta? ¿Hay ruido, demasiadas personas o instrucciones simultáneas? ¿Puede existir hambre, sed, estreñimiento, cansancio o dolor? ¿La persona entiende lo que se le está pidiendo? ¿Recibe tiempo suficiente para responder?
También merece atención cualquier cambio brusco respecto a su comportamiento habitual. Una agitación que aparece de repente puede acompañar a dolor, infección, efectos adversos de medicamentos, alteraciones metabólicas o un síndrome confusional agudo. En esos casos, atribuirlo todo a «la demencia» puede retrasar la identificación de un problema médico tratable.
Otra posible respuesta a la conducta podría ser la adaptación, o la falta de ella. Reducir estímulos, aproximarse de frente, hablar con frases sencillas, anticipar cada acción, ofrecer elecciones posibles y respetar el ritmo de respuesta puede disminuir situaciones de conflicto. Mantener rutinas conocidas y buscar el momento del día en que la persona está más tranquila también puede ayudar. A veces la intervención más sofisticada consiste, sencillamente, en descubrir que alguien tenía dolor.
Este enfoque tampoco convierte cualquier conducta en aceptable ni elimina la necesidad de proteger a la persona y a quienes la cuidan cuando existe riesgo si no que permite algo clínicamente más útil: intervenir sobre posibles causas y necesidades, además de sobre su manifestación.
Las palabras importan porque orientan nuestra mirada. Si vemos a una persona «difícil», buscamos controlar una dificultad. Si observamos una conducta en su contexto, empezamos a buscar información. Y en demencia, cuando las palabras comienzan a faltar, aprender a leer esa información forma parte del cuidado.
Sobre el autor
Javier Casanoves es psicólogo general sanitario y ejerce la práctica clínica en su consulta online. Compagina su labor terapéutica con la divulgación, acercando la psicología y la salud mental al público desde una perspectiva rigurosa, clara y accesible.