geriatricarea Marlen Balboa


Un artículo de Marlen Balboa,
Licenciada en Sociología y profesional del ámbito sociosanitario

En los cuidados de larga duración, innovar no siempre significa incorporar más tecnología. A veces, la innovación más necesaria consiste en revisar cómo se organiza lo cotidiano: a qué hora se levanta una persona, cuándo prefiere ducharse, cuánto margen conserva para vestirse a su ritmo o qué ritual necesita para iniciar el día con seguridad.

Estas escenas mínimas suelen pasar desapercibidas, pero en ellas se juegan cuestiones esenciales: autonomía, identidad y dignidad. En una residencia, el tiempo no es solo una variable logística; es una dimensión ética, relacional y profundamente humana. La tensión más delicada aparece cuando el tiempo biográfico de la persona, sus hábitos, ritmos y costumbres, entra en fricción con el tiempo institucional de la organización.

La autonomía habita en lo pequeño

Con frecuencia, la autonomía se asocia a decisiones relevantes, como aceptar una intervención o participar en un plan de atención. Sin embargo, buena parte de la autodeterminación real se ejerce en la organización concreta del día.

Decidir cómo empezar y terminar la jornada, o cuánto tiempo dedicar a prepararse, no son detalles menores: son formas prácticas de seguir siendo uno mismo. Esta idea dialoga con la mirada de Kitwood sobre la personhood en la demencia, entendida como una condición que se sostiene en la relación y en el reconocimiento social de la persona (Kitwood, 1997).

Cuando estas decisiones se subordinan por completo al cuadrante, el cuidado puede ser técnicamente correcto, pero pierde capacidad humanizadora y corre el riesgo de reducir a la persona a receptora pasiva de un tiempo ajeno.

La entrada en una residencia y la continuidad biográfica

La entrada en una residencia suele producirse cuando el entorno habitual ya no puede ofrecer los apoyos necesarios. Ese tránsito exige acuerdos, normas y documentación, pero ningún trámite administrativo reorganiza por sí solo el mundo interno de quien llega. La aceptación formal del funcionamiento del centro puede ordenar la convivencia; no puede, en cambio, borrar una historia construida durante décadas.

Esto adquiere especial relevancia cuando existe deterioro neurocognitivo o fragilidad emocional. La firma de un documento no elimina costumbres ni neutraliza el impacto de un cambio brusco de rutinas. Imponer ritmos ajenos sin suficiente flexibilidad puede intensificar la desorientación, el malestar y la inseguridad.

En el contexto gerontológico español, la Atención Centrada en la Persona ha sido ampliamente desarrollada como un enfoque que reconoce la singularidad, las preferencias y la historia de vida de cada persona (Martínez Rodríguez, 2013; Rodríguez Rodríguez, 2013). Por eso, no debería agotarse en el consentimiento formal, sino preguntarse si la organización dispone de condiciones reales para acoger la biografía de quien empieza a vivir allí.

La orientación actual hacia una atención integrada y centrada en la persona también insiste en valorar necesidades, preferencias y objetivos individuales como parte del cuidado, no como un complemento decorativo (OMS, 2024).

El tiempo como cuestión ética y organizativa

Sin organización no hay cuidado sostenible. La cuestión es qué tipo de atención produce esa estructura y qué costes humanos genera cuando no distingue entre el tiempo prescindible y el verdaderamente necesario.

No toda demora es ineficiencia. A veces, ir más despacio es una forma de proteger. Mantener una secuencia, repetirla o dar margen para elegir aporta certeza, reduce la ansiedad y ayuda a preservar una sensación básica de control.

Hay tiempos que, aunque no produzcan una tarea física visible, tienen un valor asistencial incuestionable: esperar, escuchar, no precipitar. Cuando el sistema ignora esta diferencia, el cuidado se vuelve instrumental: las tareas se cumplen, pero la persona se desdibuja.

Innovar en este sector implica, por tanto, organizar el tiempo asistencial con sensibilidad, flexibilidad e inteligencia práctica. No se trata de negar horarios, equipos y protocolos; se trata de evitar que la estructura termine sustituyendo a la persona como centro del cuidado.

El personal de atención directa como sostén cotidiano

Cuando la organización deja poco margen, quien absorbe con mayor intensidad la distancia entre el ideal del cuidado y la realidad del reloj es el personal de atención directa. Quien cuida no solo ejecuta tareas: regula ritmos, contiene malestares, interpreta señales y sostiene, muchas veces de manera silenciosa, el equilibrio cotidiano de una institución que no siempre logra acompasarse a la vida real de las personas residentes.

Ese papel es decisivo y, con frecuencia, poco visible. En la práctica, buena parte del funcionamiento humanizado del centro depende de la capacidad del profesional para amortiguar, con pericia relacional y esfuerzo subjetivo, aquello que la estructura no alcanza a absorber por sí sola.

Desde la prevención de riesgos laborales, esta situación genera una carga psicosocial relevante. El INSST recuerda que el sector de cuidado profesional a personas mayores está muy feminizado: nueve de cada diez cuidadoras son mujeres y la edad media se sitúa en torno a los cincuenta años (INSST, 2020). Además, identifica factores como la elevada carga de trabajo, la escasez de tiempo, el trabajo a turnos, la falta de autonomía y la escasa valoración social y profesional.

En este contexto puede aparecer malestar o distrés moral. Jameton lo vinculó a situaciones en las que el profesional conoce la acción adecuada, pero se ve impedido de realizarla (Jameton, 1984). En residencias, este desfase se expresa cuando el profesional percibe lo que la persona necesita, pero sabe que el margen organizativo no permite ofrecerlo del modo más adecuado.

Sostenido en el tiempo, puede generar presión, frustración, sensación de insuficiencia y desgaste profesional. La calidad del cuidado y la salud de quienes cuidan son, en realidad, dos dimensiones de un mismo problema.

Conclusión: innovar también es organizar el tiempo

La personalización no puede depender solo de la buena voluntad de los equipos; necesita estructuras capaces de admitir la diferencia sin convertirla automáticamente en desajuste o ineficiencia. Innovar en cuidados de larga duración no consiste únicamente en añadir recursos, sino en revisar cómo se organiza lo cotidiano.

Aplicar esta mirada implicaría revisar secuencias de cuidados, flexibilizar márgenes de elección, reconocer los tiempos relacionales y evaluar la carga psicosocial que genera una organización excesivamente rígida. Herramientas como FPSICO 4.1 pueden contribuir a identificar y valorar esos factores psicosociales desde una perspectiva preventiva (INSST, 2022). No se trata de eliminar la planificación, sino de diseñarla de forma que permita cuidar sin borrar la singularidad de la persona.

La innovación más valiosa no siempre es la más visible. A veces consiste en reorganizar mejor la jornada para que el tiempo institucional no asfixie el tiempo biográfico. Cuidar bien es preservar el espacio en el que la persona, incluso cuando necesita ayuda para vivir el día, pueda seguir sintiéndose autora de su propia jornada.

Referencias: