Un artículo de Noelia Llera, Albi Restauración

Después de años trabajando en la alimentación de personas mayores, tengo claro que dar de comer es mucho más que cubrir una necesidad básica. Cada comida es una oportunidad para cuidar, acompañar y, en muchas ocasiones, comunicarse cuando las palabras ya no alcanzan.

El deterioro cognitivo no solo hace que se olviden nombres o fechas. También cambia la relación con algo tan cotidiano como la comida. He visto a personas que disfrutaban de un buen plato de cuchara quedarse mirando el plato sin saber qué hacer. Otras olvidan que ya han comido, rechazan alimentos que siempre les habían gustado o simplemente dejan de reconocer lo que tienen delante.

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Hay una escena que nunca he olvidado. Un familiar muy querido era un apasionado del arroz con caracoles. Un día tomó la primera cucharada y, con total naturalidad, empezó a masticar los caracoles con la concha. Nuestra reacción fue inmediata: todos nos alarmamos. Él, sin embargo, nos miró extrañado, sin comprender qué estaba ocurriendo ni por qué le pedíamos que se detuviera.

Aquella expresión de desconcierto me hizo entender que el deterioro cognitivo no afecta solo a la memoria; también altera la manera de interpretar el mundo que nos rodea, incluso algo tan sencillo como un plato de comida (hasta ese momento no fuimos consciente de que algo sucedía).

Desde entonces entendí que la alimentación deja de ser una rutina para convertirse en una herramienta de conexión.

Por ello me gustaría compartir los 7 puntos que considero esenciales en la alimentación en personas con deterioro cognitivo:

  1. Cuando la memoria falla, las emociones permanecen

Con el paso del tiempo descubrí que el comedor puede ser mucho más que el lugar donde se sirven las comidas. Para muchas personas es uno de los pocos espacios que todavía les transmite seguridad.

Los pequeños detalles marcan la diferencia: una bienvenida amable, el mismo sitio en la mesa, un olor que sale de la cocina o una música suave de fondo. Aunque la persona esté desorientada, esas señales siguen despertando emociones familiares.

Por eso siempre he defendido que no basta con preparar un menú equilibrado. También importa cómo se presenta, el ambiente en el que se sirve y el tiempo que dedicamos a ese momento. Todo ello ayuda a que la persona se sienta tranquila y disfrute más de la comida.

  1. Un plato también comunica

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención es la importancia de la presentación.

Cuando todos los alimentos tienen un color parecido o aparecen mezclados sin orden, muchas personas con deterioro cognitivo tienen dificultades para identificar lo que van a comer. En cambio, utilizar colores que contrasten, separar los alimentos o presentar el plato de forma sencilla facilita mucho esa tarea.

Puede parecer un detalle sin importancia, pero no lo es. Colocar unas verduras de forma ordenada o servir cada preparación bien diferenciada puede hacer que la persona reconozca el plato con mayor facilidad y coma con más confianza.

  1. El poder de los sabores de siempre

Si hay algo que sigue sorprendiendo es la capacidad que tienen algunos olores para despertar recuerdos.

Muchas personas no recuerdan qué hicieron esa mañana, pero basta con que perciban el aroma de unas lentejas, un cocido o una sopa preparada como en casa para que aparezca una sonrisa o una frase espontánea.

«Qué buenas le han salido las lentejas a mi madre.» Ese comentario, aparentemente sencillo, dice mucho más de lo que parece. Durante unos segundos, esa persona ha conectado con un recuerdo que creíamos perdido.

Por eso recuperar recetas tradicionales no solo tiene un valor gastronómico. Es una forma de reconocer la historia de quien tenemos delante y devolverle, aunque sea por un instante, una parte de su identidad.

  1. A veces, menos es más

También he aprendido que el tamaño de las raciones influye en cómo se enfrenta una persona a la comida.

Un plato demasiado lleno puede generar rechazo antes incluso de probar el primer bocado. En cambio, cuando la cantidad es adecuada y la presentación resulta limpia y ordenada, la percepción cambia por completo.

No se trata de poner menos comida, sino de hacer que resulte más accesible y menos intimidante.

  1. La rutina, una gran aliada

Cuando la memoria empieza a fallar, las rutinas aportan estabilidad.

Sentarse siempre en el mismo sitio, mantener horarios regulares, seguir un orden similar durante el servicio o utilizar un tono de voz tranquilo ayuda a reducir la desorientación.

Puede que la persona no recuerde qué día es o dónde se encuentra, pero su cuerpo acaba reconociendo esa secuencia diaria. Y esa familiaridad genera calma.

  1. Comer también es compartir

En alimentación solemos hablar de calorías, proteínas, vitaminas o texturas adaptadas. Todo eso es imprescindible, pero hay un aspecto del que se habla mucho menos: la dimensión emocional de la comida.

Alrededor de una mesa suceden cosas que no aparecen en ningún protocolo. Una mirada de complicidad, una conversación inesperada, una sonrisa o un recuerdo que aparece durante unos segundos.

Son momentos breves, pero nos recuerdan que detrás de cada diagnóstico sigue habiendo una persona con una historia, unas costumbres y una forma de entender la vida.

  1. Lo que nunca deberíamos olvidar

La alimentación de las personas mayores no consiste solo en elaborar menús equilibrados. Consiste en observar, escuchar y adaptarse a cada persona.

Hay días en los que necesitan más tiempo. Otros, un plato conocido. A veces basta una palabra amable o esperar unos minutos antes de insistir.

La nutrición es fundamental, pero también lo son la paciencia, el respeto y la cercanía.

Después de todos estos años, sigo pensando lo mismo: uno de los mejores cuidados que podemos ofrecer empieza con un plato preparado con cariño y alguien que, sentándose a su lado, le diga con naturalidad: «Vamos a comer juntos».