geriatricarea Maria del Campillo Baena Bricio


Un artículo de
María del Campillo Baena Bricio,
trabajadora social

Acompaño a familias a visitar residencias desde hace años. Casi todas llegan con la misma lista de preguntas: cuánto cuesta, si hay habitación individual, si se puede ir a verle todos los días. Son preguntas legítimas. También son, casi siempre, las menos útiles para saber cómo va a vivir esa persona a partir del mes siguiente.

Lo que de verdad determina el día a día de un residente rara vez aparece en el folleto. Y no porque nadie lo esconda, sino porque las familias no saben que se puede preguntar.

¿Cuántas personas hay trabajando esta tarde? No la ratio de personal que figura en la memoria del centro, sino cuántas profesionales están hoy, en este turno, para cuántos residentes. La ratio media de un centro es un promedio anual que incluye los turnos de mañana entre semana, que son los mejor cubiertos. Las tardes, los fines de semana y agosto son otra cosa. Si en la visita solo se ve el turno de mañana de un miércoles, se está viendo el mejor momento de la semana.

geriatricarea residencia
La mayoría de familias no saben que se puede preguntar para conocer mejor la realidad de una residencia


¿Qué pasa cuando alguien se pone nervioso por la tarde? Es la pregunta que más información da y la que menos se hace. La respuesta revela el modelo de atención del centro entero. Hay quien responde con protocolos de acompañamiento, actividades de distracción y aviso a la familia. Y hay quien responde, con toda naturalidad, hablando de medicación. Ninguna de las dos respuestas es mentira; describen dos formas muy distintas de entender el cuidado.

¿Cuántas personas están sujetas ahora mismo? Suena duro preguntarlo y por eso casi nadie lo hace. Pero la normativa de la Comunidad de Madrid es explícita: el uso de sujeciones exige una declaración responsable firmada por la dirección con la relación de personas afectadas, una reevaluación periódica, alternativas concretas —no vale decir que se han valorado medidas genéricas— y un plan de reducción gradual. Un centro que trabaja bien esto lo cuenta sin incomodarse, porque tiene el expediente hecho. La incomodidad ante la pregunta ya es una respuesta.

Y conviene hacerla ahora, porque el sector va hacia la eliminación de las sujeciones: los centros libres de sujeciones dejarán de ser la excepción para ser la norma. Un centro que hoy todavía las usa con normalidad y no sabe explicar su plan para dejar de hacerlo está enseñando por dónde va a ir con todo lo demás.

¿Quién es la profesional de referencia de mi madre y cuántos residentes lleva? La figura existe y tiene un límite máximo de residentes por profesional. Preguntar por el nombre concreto cambia la conversación: pasa de «el centro» a «la persona que va a conocer a mi madre».

¿Con qué frecuencia se revisa su plan de atención.? El plan personal no es un trámite de ingreso: se revisa periódicamente porque la situación de la persona cambia. Pedir ver un plan real —anonimizado— dice más que cualquier folleto.

¿Qué ocurre si quiere pasar unos días en casa? Las ausencias temporales están contempladas dentro de unos límites. Un centro que las gestiona con normalidad entiende que la residencia es el domicilio de la persona, no un depósito.

Hay una pregunta más, y es la que yo hago siempre cuando visito un centro por primera vez: pedir ir a la hora de comer. No a media mañana, cuando todo está tranquilo y recién limpio. A la hora de comer.

En ese rato se ve casi todo. Si alguien come solo en una habitación y nadie entra. Si a quien necesita ayuda se le da con calma o a toda prisa. Si las profesionales se dirigen a los residentes por su nombre o por su número de habitación. Si hay conversación o solo hay ruido de cubiertos. Si el comedor huele a comida o huele a otra cosa.

Ninguno de esos detalles aparece en una memoria de calidad. Todos describen mejor la vida de un residente que el precio de la plaza.

También conviene decir lo que no hay que mirar tanto. La reforma reciente. Un centro recién pintado no cuida mejor. A veces cuida peor, porque la inversión se ha ido en lo visible.

El folleto de actividades. Casi todos son iguales. Lo que importa es cuánta gente participa de verdad un martes por la tarde, y eso se ve mirando, no leyendo.

El precio, aislado. El precio solo tiene sentido junto a lo que incluye y lo que no: si la podología, la peluquería, los pañales o los traslados van aparte, dos centros con la misma tarifa pueden costar muy distinto al cabo del año.

Y una cosa que sí es comprobable antes de coger el coche: que el centro esté autorizado. La Comunidad de Madrid publica en datos abiertos el Registro de Entidades, Centros y Servicios de Atención Social, con el número de registro, las plazas autorizadas y la titularidad de cada centro. Es público y gratuito. Es el paso que casi nadie da y el más barato de todos.

Elegir residencia casi nunca se hace en un buen momento. Suele llegar después de una caída, de un alta hospitalaria o de un año sosteniendo la situación en casa hasta que ya no se puede. Y casi siempre se decide deprisa y con la sensación de estar fallándole a alguien.

Esa sensación no se va del todo, y conviene decir una cosa: quien la tiene no está haciendo nada mal. Está cuidando en las condiciones más difíciles, y llegar hasta aquí ya es una forma de cuidar.

Lo que sí se puede ganar es algo de tiempo: el suficiente para hacer unas cuantas preguntas, conocer mejor las opciones y observar el centro más allá de la primera impresión. Por ejemplo, pidiendo ir a la hora de comer, que es cuando mejor se ve cómo se trabaja y cómo viven las personas que están allí.

No siempre hay margen: a veces surge una plaza y la decisión hay que tomarla en apenas unos días, y tampoco pasa nada. Pero cuando existe ese pequeño espacio para preguntar y comprobar, esas cosas pueden cambiar mucho lo que viene después.