Aunque los efectos más conocidos del calor extremo son el agotamiento térmico o el golpe de calor, la evidencia científica reciente señala que las altas temperaturas también pueden afectar al funcionamiento cerebral. Y es que el cerebro depende de un equilibrio térmico muy preciso para mantener sus funciones, tal y como señalan desde la farmacéutica Schwabe Farma Ibérica.
Los especialistas de esta compañía advierten que distintas investigaciones han demostrado que la hipertermia, incluso leve, puede alterar procesos cognitivos esenciales como la atención, la memoria, el razonamiento o la velocidad de procesamiento de la información.

En este sentido, el Dr. Pedro Gil Gregorio, médico especialista en Geriatría, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de Schwabe, señala que “muchas veces asociamos el impacto del calor únicamente al cansancio físico, pero también existe una afectación neurológica. El cerebro es especialmente sensible a las variaciones térmicas porque consume una gran cantidad de energía y necesita mecanismos muy eficientes para disipar el calor”.
Deterioros significativos en tareas cognitivas y motoras
Uno de los trabajos más relevantes en este ámbito, publicado en la revista científica Nature Publishing Group, observó que la exposición prolongada de la cabeza y el cuello a radiación solar directa provocaba deterioros significativos en tareas cognitivas y motoras, incluso sin necesidad que la temperatura corporal alcanzara niveles compatibles con un golpe de calor.
“El cerebro tiene una capacidad limitada para liberar calor. Cuando aumenta la temperatura ambiental, especialmente con exposición solar directa sobre la cabeza, se dificulta ese mecanismo de regulación y determinadas funciones cognitivas pueden verse comprometidas”, señala el Dr. Gil.
“No obstante, estos efectos suelen producirse en situaciones de exposición intensa y prolongada al calor, por lo que resulta recomendable ser conscientes de los posibles peligros y extremar las precauciones frente a las altas temperaturas”, añade el profesor de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de Schwabe.
Además, las personas mayores podrían ser especialmente vulnerables a estos efectos. Diversos estudios epidemiológicos han encontrado asociaciones entre episodios de calor extremo y un incremento de hospitalizaciones relacionadas con demencia y enfermedad de Alzheimer. Una mayor exposición a olas de calor puede aumentar el riesgo de deterioro cognitivo en adultos mayores.
“Con la edad, los mecanismos de regulación térmica son menos eficientes y el cerebro puede tener más dificultades para adaptarse a situaciones de calor intenso. En personas con deterioro cognitivo leve o demencia, esta vulnerabilidad puede ser todavía mayor”, recalca el Dr. Gil.
En este contexto, cobra especial relevancia el abordaje precoz y estructurado del deterioro cognitivo leve, especialmente ante factores ambientales que podrían influir en la evolución de la función cognitiva. Junto a la detección temprana, el manejo integral de factores modificables forma parte de las estrategias orientadas a preservar la salud cerebral y limitar la progresión del deterioro cognitivo.
Durante los meses de más calor, medidas como mantener una correcta hidratación, evitar la exposición solar prolongada en las horas centrales del día y proteger especialmente la cabeza y el cuello pueden contribuir a minimizar el impacto de las altas temperaturas sobre la función cognitiva, especialmente en población vulnerable.
“En personas mayores o con deterioro cognitivo, también puede resultar recomendable mantener rutinas estables, evitar actividades al aire libre en las horas de más calor y prestar atención a posibles signos de desorientación, fatiga o confusión asociados a las altas temperaturas”, concluye el Dr. Gil Gregorio.