Un artículo de Sanitas Mayores

En la atención a personas mayores, uno de los errores más frecuentes es interpretar ciertos cambios como consecuencias inevitables de la edad. Caminar más despacio, perder peso sin proponérselo, dejar de salir o mostrarse confuso de un día para otro no son simples “achaques”. Pueden ser señales de que la autonomía empieza a deteriorarse y de que conviene actuar antes de que se consolide.

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Los síndromes geriátricos no suelen responder a una sola causa ni aparecen siempre como una enfermedad concreta


“Los síndromes geriátricos ayudan precisamente a leer esos cambios. Bajo este concepto se agrupan problemas como la fragilidad, las caídas, la desnutrición, la incontinencia, el delirium, la inmovilidad o el deterioro cognitivo. No suelen responder a una sola causa ni aparecen siempre como una enfermedad concreta. A menudo son el resultado de varios factores que se acumulan: menor fuerza muscular, alteraciones del equilibrio, cambios en la medicación, dolor, aislamiento, dificultades para comer o un entorno poco adaptado”, explica Miriam Piqueras, Directora de Gobierno Clínico de Sanitas.

Por eso, el punto de partida debe ser qué ha cambiado respecto a la situación previa de la persona. Una caída no significa lo mismo en alguien que mantenía una vida activa y de pronto empieza a evitar el portal que en una persona que ya necesitaba ayuda para caminar.

Una pérdida de apetito tampoco puede valorarse igual si coincide con soledad, problemas de masticación o cansancio al preparar la comida. La clave está en observar la trayectoria funcional, no solo el episodio.

La fragilidad permite entender bien esta cadena. Cuando una persona pierde fuerza, resistencia o capacidad de recuperación, una infección leve, un ingreso hospitalario o unos días de reposo pueden tener un impacto desproporcionado. Si esa vulnerabilidad afecta a la marcha, aumenta el riesgo de caída. Y después de una caída, aunque no haya fractura, puede aparecer miedo. Ese miedo reduce las salidas, limita el movimiento, debilita más la musculatura y acaba aumentando la dependencia. En pocos meses, un hecho puntual puede cambiar la vida diaria.

Otros síndromes son menos visibles, pero igual de determinantes. La desnutrición puede empezar con raciones pequeñas, menor interés por cocinar o comidas cada vez más repetitivas. Su consecuencia no es solo perder peso, sino que también implica menos energía, peor recuperación y más riesgo de complicaciones.

La incontinencia puede llevar a beber menos agua, dormir peor o evitar actividades sociales si no se conoce la ubicación de un baño. El delirium, por su parte, exige especial atención porque aparece de forma brusca. Una confusión repentina, somnolencia inusual o agitación nueva pueden estar relacionadas con infección, deshidratación, dolor o efectos de algunos fármacos y requieren valoración rápida.

“Para responder a estos síndromes hace falta una valoración geriátrica integral que tenga en cuenta la situación clínica, funcional, cognitiva, emocional, nutricional, farmacológica y social. Este enfoque permite identificar riesgos modificables, conservar capacidades y ajustar los apoyos a lo que la persona necesita en cada momento”, señala Miriam Piqueras.

En ese abordaje, las terapias no farmacológicas son esenciales. La rehabilitación física trabaja fuerza, equilibrio, marcha y transferencias para prevenir caídas y recuperar seguridad;

  • La terapia ocupacional ayuda a adaptar rutinas, entrenar actividades básicas y revisar el entorno
  • La estimulación cognitiva permite mantener funciones como atención, memoria, lenguaje u orientación con ejercicios ajustados a cada caso
  • La intervención nutricional debe detectar pérdida de peso, baja ingesta proteica, problemas de masticación o situaciones que dificultan una alimentación suficiente

También resulta imprescindible revisar la medicación. En personas mayores, algunos tratamientos pueden favorecer somnolencia, hipotensión, estreñimiento, confusión, incontinencia o caídas. Revisar no significa retirar sin criterio, sino comprobar si cada pauta sigue siendo adecuada para la situación actual, la funcionalidad y los objetivos de cuidado.

El componente emocional merece la misma atención. Una persona que deja de salir por miedo, pierde contacto social o se siente insegura en su entorno reduce sus oportunidades de moverse, conversar, decidir y participar. Del mismo modo, la sobrecarga familiar puede dificultar la detección de pequeños cambios. Cuidar también significa acompañar a la familia, ofrecer información clara y evitar que cada nuevo recurso asistencial obligue a reconstruir desde cero la historia de la persona.

Desde Sanitas Mayores, el abordaje de los síndromes geriátricos se plantea desde la funcionalidad, la detección precoz y la continuidad del cuidado. El objetivo no es esperar a que la dependencia sea evidente, sino identificar los cambios que la preceden y actuar con equipos multidisciplinares, terapias adaptadas, seguimiento clínico y coordinación con las familias.

En geriatría, muchas veces el dato más relevante no es un diagnóstico aislado, sino la distancia entre lo que una persona podía hacer hace unas semanas y lo que puede hacer hoy. Ahí está el verdadero valor de los síndromes geriátricos: permiten detectar a tiempo una pérdida de autonomía que todavía puede frenarse, compensarse o acompañarse mejor.