La insuficiencia cardiaca es una patología de alta prevalencia en edades avanzadas. Se produce cuando hay un desequilibrio entre la capacidad del corazón para bombear sangre y las necesidades del organismo, tal y como recuerdan desde la Fundación Española del Corazón (FEC). El corazón puede fallar debido a un problema propio, sea éste congénito o adquirido, o porque su capacidad de reacción no alcanza a satisfacer lo que el organismo le demanda.
Tal y como señala la Dra. Vanessa Escolar, cardióloga del Centro Médico IMQ Las Mercedes, en Getxo, (Bizkaia), «la prevalencia de esta enfermedad en nuestro entorno es alta. En torno al 2% de las personas adultas en nuestro país la padecerán a lo largo de su vida. Esta prevalencia aumenta con la edad: desde alrededor del 1% en menores de 55 años a más del 10% de las personas mayores de 70 años».
La insuficiencia cardiaca presenta un elevado riesgo de mortalidad. «Sin embargo, el pronóstico de estos pacientes ha mejorado considerablemente en los últimos años debido a los avances científicos en su tratamiento», indica la Dra. Escolar. Pese a ello, la insuficiencia cardiaca, sin tratamiento, tiene un pronóstico peor que muchos cánceres, alerta la FEC.

¿Cuáles son los síntomas de la insuficiencia cardiaca?
Los síntomas de la insuficiencia cardiaca dependen de diversos factores, tanto de la persona como de la propia enfermedad que la ha provocado. «La insuficiencia cardiaca produce un claro empeoramiento de la calidad de vida, con síntomas que incluyen fatiga, cansancio, intolerancia al ejercicio, inflamación de los tobillos, tos, pérdida de apetito, palpitaciones, mareo y otros. Además, la instauración de los síntomas puede ser gradual (insuficiencia cardiaca crónica) o repentina (insuficiencia cardiaca aguda), pudiendo requerir hospitalización o manejo en urgencias con fármacos intravenosos», explica la cardióloga del Centro Médico IMQ Las Mercedes.
Por todo lo anterior, la prevención de la insuficiencia cardiaca es fundamental, «ya que hay factores de riesgo asociados a su desarrollo sobre los que se puede actuar», recalca la experta, que recomeinda:
- realizar actividad física regular
- no fumar (incluidos cigarrillos electrónicos) ni consumir drogas recreativas
- evitar el consumo abusivo de alcohol
- mantener una dieta saludable
- vacunarse anualmente frente a la gripe, la COVID y el neumococo
- instaurar un tratamiento precoz en los casos en los que el paciente presente hipertensión arterial, dislipemia, diabetes mellitus u otras patologías
Diagnóstico y tratamientos disponibles
Para el diagnóstico de la insuficiencia cardiaca, «el médico realiza al paciente una historia clínica que incluye los síntomas actuales, los antecedentes médicos y familiares, una exploración física, un electrocardiograma y una analítica de sangre. Con estos datos obtenidos, ya se puede confirmar o descartar dicha enfermedad. En caso de confirmación, se suelen solicitar algunas pruebas complementarias (como el ecocardiograma) para una mejor valoración estructural y funcional del corazón e investigar sobre la causa de la insuficiencia cardiaca», detalla la cardióloga de IMQ,
Respecto al tratamiento de la insuficiencia cardiaca «varía en función de la causa, por eso es fundamental un diagnóstico preciso», recuerda la Dra. Escolar. En este sentido, «es fundamental tratar las patologías cardiológicas subyacentes como la hipertensión arterial, los trastornos metabólicos, las arritmias como la fibrilación auricular, las anginas de pecho y las afectaciones de las válvulas del corazón, entre otras».
Asimismo, es frecuente instaurar un tratamiento farmacológico protector que suele consistir en la combinación de varios fármacos y, en caso de retención de líquidos, diuréticos para aliviar los síntomas de congestión. «Con ello, se consigue una mejoría significativa de la calidad de vida, con un control de los síntomas, así como un descenso de los ingresos hospitalarios por descompensación y una reducción de la mortalidad», añade la experta.
En casos avanzados, se pueden plantear otras terapias como «el implante de dispositivos (marcapasos especiales llamados terapias de resincronización cardiaca o estimulación fisiológica o desfibriladores implantables) o, en un pequeño porcentaje de casos, corazones artificiales o trasplante de corazón», concluye la cardióloga de IMQ.