Libres, activos y acompañados: qué vida hacen posible los cuidados domiciliarios

geriatricarea Marlen Balboa



Un artículo de Marlen Balboa Álvarez,
Licenciada en Sociología y profesional sociosanitaria

Una persona puede recibir puntualmente la ayuda a domicilio, disponer de teleasistencia y tener cubiertas todas las tareas previstas. Y, sin embargo, quizá ya no baja a la calle, camina con más dificultad o ha dejado de ver a quienes eran importantes en su vida.

Eso no significa que los servicios sean inútiles, sino que cumplir una prestación y sostener la calidad de vida de quien la recibe no son lo mismo. Vivir más años en casa solo es un logro si son años de vida propia: poder elegir, salir, mantener relaciones y envejecer con la mejor salud posible.

Esa vida empieza por conservar opciones. La Organización Mundial de la Salud recuerda que envejecer saludablemente no significa vivir sin enfermedades, sino mantener la capacidad de hacer aquello que cada persona considera valioso. Una persona con Parkinson puede necesitar que le preparen el pastillero y, sin embargo, seguir tomando por sí misma la medicación. Un recordatorio, cuando resulta necesario, puede facilitarle esa tarea. El apoyo no anula su capacidad: le ayuda a utilizar la que conserva.

Pero la utilidad de la ayuda depende también de cómo se ofrece. Aceptarla puede resultar difícil cuando se vive como una pérdida de independencia o de intimidad. Escuchar las preferencias de la persona, comprender sus reservas y acordar con ella la atención evita convertir el apoyo en una imposición. La familia y quienes cuidan pueden acompañar ese proceso, sin sustituir sus decisiones. La confianza con quienes prestan ayuda en el domicilio no se da por hecha: se construye con tiempo y respeto.

La autonomía tampoco depende únicamente de los cuidados que recibe una persona. Importa el entorno en el que vive. Unas escaleras que hoy subimos sin dificultad pueden impedirnos salir en el futuro. Pensar en la accesibilidad de viviendas y edificios antes de que surja esa barrera también es prevenir. Y cuando ya se necesita asistencia, la prevención continúa: revisar los apoyos a medida que cambian las necesidades puede evitar que algunas dificultades se agraven.

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La confianza con quienes prestan cuidados domiciliarios no se da por hecha: se construye con tiempo y respeto


La tecnología amplía posibilidades: permite comunicarse, gestionar asuntos y pedir ayuda con mayor independencia. La teleasistencia puede aportar seguridad, pero una alarma solo protege si alguien la recibe y activa una respuesta adecuada. No se trata de acumular dispositivos, sino de saber qué problemas resuelven y qué margen de decisión permiten conservar.

Hay otra dimensión que ninguna alarma puede medir por sí sola: la compañía. Ningún servicio sustituye la presencia de los seres queridos; sí puede ayudar a facilitarla, siempre que esa sea la voluntad de la persona. Los horarios, las salidas acompañadas y el apoyo a las familias pueden favorecer el contacto con quienes importan. La Comisión de la OMS sobre Conexión Social advirtió en 2025 de las consecuencias de la soledad y el aislamiento para la salud y el bienestar. Estar conectado no equivale necesariamente a estar acompañado.

La Ley 4/2026, de 1 de octubre, que entró en vigor el 23 de octubre, apunta en esa dirección. La norma modifica la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia: refuerza la prevención, amplía la ayuda a domicilio al entorno comunitario, reconoce el derecho a la teleasistencia como apoyo continuo y personalizado y exige evaluar el impacto de los servicios en la calidad de vida. También modifica la Ley de Propiedad Horizontal para reforzar, dentro de las condiciones legales, las obligaciones de accesibilidad de los edificios.

Reconocer derechos, sin embargo, no equivale a hacerlos efectivos. Según los datos del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD), en diciembre de 2025 la teleasistencia alcanzaba al 45,54% de las personas con programa individual de atención domiciliaria en las quince comunidades autónomas incluidas en el indicador del acuerdo estatal de financiación: del 6,78% en Canarias al 62,20% en Baleares. Son cifras de cobertura, no de resultados en salud o bienestar. Traducir los derechos en mejoras requiere recursos, profesionales y coordinación.

Por eso, además de registrar visitas y alarmas atendidas, deberíamos preguntar qué puede seguir haciendo y decidiendo cada persona gracias a los apoyos que recibe: si conserva capacidades, si puede salir, si participa en su entorno y si mantiene las relaciones que elige. Para responder, es imprescindible escucharla. De otro modo, sabremos cuánto servicio se ha prestado, pero no qué vida ha hecho posible.

Vivir más años en casa merece ser un objetivo cuando significa hacerlo con opciones, con la mejor salud posible y con quienes queremos cerca. La permanencia se cuenta; la calidad de vida debe comprobarse.

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