Un artículo de Aida Muiños Cánive,
terapeuta ocupacional, colegiada de COTOGA

Introducción

Los síndromes geriátricos son problemas de salud frecuentes en las personas mayores que no responden a una única enfermedad. Suelen aparecer por la combinación de distintos factores, como las enfermedades crónicas, los cambios propios del envejecimiento o las características del entorno. Pueden limitar la autonomía, dificultar la realización de las actividades de la vida diaria y aumentar el riesgo de dependencia, hospitalización o institucionalización.

Entre los más frecuentes se encuentran la inmovilidad, la inestabilidad y las caídas, la incontinencia, el deterioro cognitivo y la fragilidad. Todos ellos con repercusiones en el desempeño de las actividades de la vida diaria.

Su detección precoz y un abordaje integral son fundamentales para prevenir complicaciones y favorecer que las personas mayores mantengan su independencia y participación en las actividades de la vida diaria durante el mayor tiempo posible.

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El abordaje de los síndromes geriátricos requiere una visión integral que vaya más allá del tratamiento de los síntomas


¿Cómo interviene la terapia ocupacional en el abordaje de los síndromes geriátricos más frecuentes?

  • INMOVILIDAD

La inmovilidad es la disminución o pérdida de la capacidad para moverse de forma independiente. El primer paso consiste en valorar qué puede hacer la persona por sí misma y qué barreras encuentra en su entorno. A partir de esta valoración, se plantea una intervención que puede incluir el entrenamiento en actividades de la vida diaria, la adaptación del hogar, la recomendación de productos de apoyo y la educación a la familia y personas cuidadoras.

Imaginemos a una persona que ha perdido movilidad tras una fractura de cadera. El terapeuta ocupacional puede enseñarle a utilizar un calzador de mango largo o una ayuda para ponerse los calcetines, para que pueda vestirse con mayor autonomía.

  • INESTABILIDAD Y CAÍDAS

La inestabilidad se refiere a la dificultad para mantener el equilibrio, lo que aumenta el riesgo de sufrir caídas. El objetivo es identificar en qué situaciones aparece el riesgo de caída y buscar alternativas para que la persona pueda seguir realizando esas actividades con seguridad. Aunque la valoración puede apoyarse en herramientas estandarizadas, como la Escala de Tinetti, es fundamental observar cómo la persona se desenvuelve en actividades cotidianas, por ejemplo al levantarse de una silla, ducharse o cocinar.

Un caso claro es el de una persona que tiene dificultades para entrar y salir de la ducha con seguridad. El terapeuta ocupacional puede recomendar la instalación de barras de apoyo, un asiento de ducha o la reorganización del espacio para disminuir el riesgo de caídas.

  • DETERIORO COGNITIVO

El deterioro cognitivo engloba la pérdida progresiva o aguda de funciones como la memoria, la atención o la orientación, pudiendo manifestarse en forma de demencia o síndrome confusional agudo. A medida que avanza, puede dificultar la realización de las actividades de la vida diaria y aumentar el grado de
dependencia.


En estos casos, se busca que la persona mantenga su autonomía y continúe participando en sus actividades cotidianas durante el mayor tiempo posible. Para ello, se utilizan estrategias compensatorias, se adaptan las tareas y el entorno a las capacidades de la persona, se establecen rutinas que faciliten el desempeño ocupacional y se ofrece apoyo y educación a familiares y personas cuidadoras.

Si una persona con enfermedad de Alzheimer en fase inicial comienza a tener dificultades para preparar la comida, el terapeuta ocupacional puede organizar la cocina para que los utensilios estén siempre en el mismo lugar, etiquetar los armarios con imágenes o simplificar la receta.

  • INCONTINENCIA

La incontinencia urinaria es la pérdida involuntaria de orina. Puede afectar a la autonomía, la autoestima y a la participación en las actividades de la vida diaria.

La terapia ocupacional trabaja para minimizar el impacto de la incontinencia en la vida diaria y favorecer la autonomía de la persona. Para conseguirlo, se trabajan aspectos como las rutinas de higiene y autocuidado, el establecimiento de hábitos vesicales, la adaptación del entorno para facilitar el acceso al baño y el uso de productos de apoyo cuando son necesarios. Además, se promueven estrategias que permitan mantener la participación en las actividades cotidianas y preservar el bienestar emocional.

Esto puede ocurrir cuando una persona deja de salir de casa por miedo a sufrir pérdidas de orina. En estos casos, el terapeuta ocupacional puede ayudarle a planificar las salidas, identificar con antelación dónde hay baños accesibles y adaptar la ropa para facilitar el uso del baño.

  • FRAGILIDAD

La fragilidad se caracteriza por una mayor vulnerabilidad de la persona ante pequeños cambios o situaciones de estrés, aumentando el riesgo de pérdida de autonomía, discapacidad y dependencia.

La intervención se centra en mantener la capacidad funcional y prevenir la pérdida de autonomía. Para ello, se promueve la participación en actividades significativas, se entrenan las actividades de la vida diaria, se fomentan hábitos saludables y se adaptan las actividades y el entorno a las capacidades de cada
persona.

Por ejemplo, una persona con fragilidad puede tener dificultades para realizar las tareas del hogar debido al cansancio. En estos casos, la terapia ocupacional puede ayudar a reorganizar las tareas y establecer descansos.

Conclusión

El abordaje de los síndromes geriátricos requiere una visión integral que vaya más allá del tratamiento de los síntomas. Es fundamental comprender cómo afectan a la vida diaria de la persona y diseñar intervenciones adaptadas a sus necesidades para mantener su autonomía, participación y calidad de vida.