Un artículo de Sofía Urcaregui Bartolomé y Chesús Lanaspa López,
enfermeros especialistas en Geriatría del Hospital Central de la Cruz Roja San José y Santa Adela.

En los pacientes geriátricos, hay problemas que, por su frecuencia, corren el riesgo de volverse invisibles. La incontinencia urinaria y fecal, así como el estreñimiento y la impactación fecal, forman parte del día a día en residencias, hospitales, centros sociosanitarios y domicilios, pero todavía con demasiada frecuencia se contemplan como consecuencias casi inevitables del envejecimiento.

Esa mirada es uno de los errores que seguimos arrastrando. No solo porque normaliza un sufrimiento que muchas veces puede prevenirse o aliviarse, sino porque relega a un segundo plano problemas que afectan de forma directa a la dignidad, la autonomía, la calidad de vida y la salud emocional de las personas mayores.

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La incontinencia urinaria y fecal, el estreñimiento y la impactación fecal son síndromes geriátricos frecuentes y complejos


Hablar del patrón de eliminación en geriatría no es hablar únicamente de la micción, la deposición o el control de esfínteres. Es hablar de intimidad, vergüenza, dependencia, dolor, alteración del sueño y conducta, riesgo cutáneo, fragilidad y, en muchos casos, miedo a molestar o a perder el control sobre el propio cuerpo.

Uno de los principales problemas es la normalización. Aún persiste la idea de que “a cierta edad es normal” tener pérdidas de orina, necesitar absorbentes o pasar varios días sin hacer de vientre. Sin embargo, aceptar esa premisa sin recapacitar, implica renunciar a valorar causas, desencadenantes y posibles intervenciones.

La edad avanzada aumenta la vulnerabilidad, pero no convierte en irrelevante un problema que condiciona la vida cotidiana y que puede desencadenar complicaciones importantes. La incontinencia y el estreñimiento no deberían abordarse como molestias menores, sino como síndromes geriátricos con repercusión física, emocional, funcional y social.

En el caso de la incontinencia urinaria y fecal, el impacto va mucho más allá de la pérdida involuntaria. La persona puede comenzar a limitar salidas, reducir su vida social, evitar actividades que antes disfrutaba o sentir vergüenza incluso ante su propia familia. En las instituciones, la incontinencia puede traducirse en despertares nocturnos repetidos, dermatitis asociada a la humedad, dependencia creciente y una sensación de pérdida de control.

Además, en la persona mayor la continencia no depende solo de la función de los esfínteres. También depende de la movilidad, de la capacidad para pedir ayuda, del acceso al baño, de la iluminación nocturna, del tipo de ropa, del estado cognitivo y de la rapidez con la que el equipo responde a una necesidad básica. En ese sentido, la incontinencia no siempre habla solo de un problema vesical o intestinal; a menudo también habla del grado de fragilidad de la persona y de cómo se gestiona el cuidado.

El estreñimiento y la impactación fecal suelen estar aún más infravalorados. A menudo se perciben como un problema menor que se resuelve con un laxante o, cuando la situación ya se complica, con un enema. Sin embargo, en geriatría el estreñimiento rara vez es banal. Puede relacionarse con una ingesta hídrica insuficiente, dietas poco adaptadas, inmovilidad, polifarmacia, deterioro cognitivo, depresión o falta de tiempo para una rutina intestinal adecuada.

La impactación fecal, por su parte, puede desencadenar dolor abdominal, anorexia, náuseas, agitación, delirium, retención urinaria e incluso falsas diarreas por rebosamiento que retrasan el diagnóstico. No son pocos los casos en los que un empeoramiento funcional o conductual en una persona mayor es, en realidad, la expresión de un estreñimiento severo o de un fecaloma no detectado.

Ante esta realidad, la enfermera geriátrica tiene una responsabilidad y una oportunidad de liderazgo muy claras. Nuestra labor no puede limitarse a gestionar las consecuencias inmediatas de la incontinencia o del estreñimiento. Debe consistir en valorar, prevenir, anticipar, acompañar y defender un modelo de cuidados que preserve la dignidad de la persona mayor incluso en situaciones de gran dependencia. La continencia y la eliminación forman parte de los cuidados básicos, pero precisamente por eso son también una medida de calidad asistencial.

La primera mejora necesaria es recuperar el valor de la valoración enfermera. Ante un episodio de incontinencia o estreñimiento, la pregunta no debería ser solo qué absorbente utilizar o qué laxante administrar, sino qué ha cambiado en esa persona y qué factores están interfiriendo.

Es imprescindible explorar el patrón habitual de eliminación, la frecuencia y características de las deposiciones, la presencia de dolor, la ingesta de líquidos, la dieta, la movilidad, la revisión de la medicación, el estado cognitivo, la capacidad para pedir ayuda, la accesibilidad al baño y el estado de la piel.

En muchas ocasiones, una intervención aparentemente sencilla como acompañar al baño en horarios predecibles, aumentar la hidratación, revisar un tratamiento farmacológico o facilitar una rutina intestinal, puede evitar semanas de malestar y dependencia añadida.

La segunda mejora pasa por revisar ciertas inercias asistenciales. El absorbente es, en muchos casos, un recurso necesario. Los laxantes también lo son. El problema aparece cuando ambos se convierten en la respuesta automática y casi exclusiva, sin una valoración previa ni una reevaluación posterior.

En algunos entornos, la continencia se gestiona más desde la contención que desde la prevención. Se asume que la persona “ya es incontinente” y se reorganiza el cuidado alrededor de esa etiqueta, en lugar de analizar si existen factores corregibles. Del mismo modo, pautar laxantes sin revisar hidratación, fibra, actividad física o fármacos puede cronificar un abordaje incompleto.

La tercera mejora, y quizá la más importante, es incorporar de forma explícita la dignidad al plan de cuidados. La incontinencia y el estreñimiento tienen un fuerte componente de pudor y vulnerabilidad. La manera en que hablamos de ellos importa. No es lo mismo atender una necesidad de eliminación con prisas, comentarios despersonalizados o exposición innecesaria del cuerpo, que hacerlo protegiendo la intimidad, explicando cada paso y evitando infantilizar a la persona.

En geriatría, donde la dependencia puede ser alta y la rutina asistencial muy exigente, existe el riesgo de centrarse tanto en la tarea que se pierda de vista la experiencia subjetiva del paciente. Sin embargo, cambiar un absorbente, realizar una higiene tras un episodio de incontinencia o acompañar en una situación de impactación fecal son intervenciones profundamente humanas, no solo técnicas.

También es necesario reforzar la educación sanitaria y el apoyo a cuidadores. Muchas familias viven la incontinencia o el estreñimiento con frustración y agotamiento, y no siempre cuentan con orientaciones claras sobre hidratación, hábitos intestinales, signos de alarma o medidas para facilitar el acceso al baño. Educar también significa ayudar a comprender que estos problemas no deben ocultarse, que merecen seguimiento y que una intervención precoz evita complicaciones y deterioro de la calidad de vida.

Por último, conviene hacer una lectura crítica del sistema. No siempre se falla por falta de sensibilidad profesional; a veces se falla porque faltan tiempo, ratios adecuadas, formación específica o continuidad asistencial. Precisamente por eso, defender una atención digna en continencia y eliminación también implica reivindicar mejores condiciones organizativas, protocolos centrados en la persona y espacios donde la enfermería pueda ejercer su juicio clínico con autonomía.

En definitiva, la incontinencia urinaria y fecal, el estreñimiento y la impactación fecal no son asuntos menores ni inevitables en la vejez. Son síndromes geriátricos frecuentes, complejos y profundamente ligados a la dignidad de la persona mayor.

Como especialistas, tenemos la obligación de no banalizarlos, de mirar más allá del síntoma y de evitar respuestas automáticas que resuelvan el problema pero mantengan malos hábitos. Cuidar la continencia y el tránsito intestinal es cuidar la piel, el confort y la prevención de complicaciones, pero también la autoestima, la intimidad y el derecho de la persona a sentirse tratada con respeto.