Un artículo de Rocío Alonso, directora de Humanización de DomusVi

Hace ya muchos años que se habla de atención centrada en la persona en el ámbito de los cuidados. En este periodo, y especialmente en los últimos años, la humanización está cada vez más presente en normativas, encuentros, publicaciones y formaciones. Cada vez estamos más de acuerdo sobre qué significa cuidar bien.

Sin embargo, ese consenso en los principios no se ha traducido al mismo nivel en una experiencia real para las personas. La organización del trabajo ha seguido evolucionando en torno a la profesionalización técnica, la gestión por procesos y la ejecución estructurada de tareas, dificultando, en parte, situar a la persona —tanto a la persona que recibe cuidados como a la persona que cuida— en el lugar central que decimos que ocupa.

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Para Rocío Alonso, el reto de la humanización en los cuidados implica redibujar los marcos que han servido para otros tiempos


La brecha entre lo que sabemos -y queremos-, y lo que sucede cada día, no es sólo una cuestión de voluntad, cambio cultural o formación. Es el resultado de modelos, a veces importados del ámbito sanitario, adecuados a otros escenarios, fuertemente arraigados y que han priorizado el control, la seguridad o la eficiencia.

Esos modelos, segmentados desde el punto de vista sectorial, territorial, organizativo, profesional, técnico o departamental, entre otros, dificultan ofrecer un acompañamiento que responda a la fluidez y complejidad inherentes a la vida humana.

La vida de la persona no es compartimentada; el sistema de cuidados, en general, sí. Así ocurre, por ejemplo, con lo sanitario y lo social, o con los cuidados en el domicilio o en un centro residencial. Esa división se traduce en acompañamientos que muchas veces no llegan o llegan tarde, en apoyos discontinuos, poco personalizados o que, aun siendo correctos desde el punto de vista de la técnica aceptada, no siempre se corresponden con lo que quiere la persona que recibe los cuidados. Se traduce también en tensiones y sobrecarga de las personas que cuidan.

El de los cuidados es un sector particularmente complejo; la complejidad que aporta, precisamente, su profundo sentido humano. En el cuidado a miles de personas por parte de miles de personas que cuidan se multiplican, cada día, toda la extraordinaria diversidad de las dimensiones humanas, y toda la intensidad y la imprevisibilidad de la vida misma. La longevidad o la dificultad para incorporar profesionales acentúan esa complejidad.

Y, al mismo tiempo, nos encontramos en un momento de extraordinarios avances tecnológicos, como la inteligencia artificial o las soluciones de análisis de datos, que nos ofrecen un presente y un futuro de grandes posibilidades para gestionar el gran volumen de información, para anticipar situaciones de riesgo, para prever necesidades de apoyos, o para ofrecer unos cuidados integrales.

Innovar en los cuidados implica sostener la tensión diaria mientras aprovechamos las oportunidades sin perder de vista el objetivo.

Humanizar no es únicamente aportar calidez humana a una interacción, un servicio o una manera de gestionar. No es añadir una capa o herramientas a lo que hacemos y a la manera en la que lo hacemos.

Aquí es donde la innovación es, ante todo, actitud.

Necesitamos adoptar una mentalidad abierta, colectiva, intraemprendedora y, sobre todo, sistémica. Llevar y alinear esos consensos de los que tanto hablamos en la atención centrada en la persona a todos los espacios.

El reto de la humanización implica redibujar los marcos que nos han servido para otros tiempos. Implica repensar, reaprender y desaprender también. Implica probar nuevas formas de hacer. Implica replantearnos las profesiones que conocemos, y los límites que establecimos, porque, ¿quiénes somos y qué significa ‘lo humano’ en la era de la inteligencia artificial?

El cambio real necesitará de cambios internos en las organizaciones, conectados con cambios externos, en un camino compartido, porque esa complejidad de la que hablamos no podemos abordarla en solitario.

Avanzar hacia modelos realmente humanizados requiere desarrollar una mirada sistémica capaz de conectar propósito compartido, personas, organizaciones, profesiones, datos y decisiones. Incorporar ese pensamiento sistémico puede ayudarnos a replantear los modelos mentales desde los que diseñamos los cuidados, comprender mejor las interdependencias entre los distintos actores y facilitar el alineamiento entre agentes, estrategias y experiencias reales de las personas.

Necesitamos espacios de experimentación, apuestas financieras y colaboración entre profesionales, personas cuidadas y personas de apoyo; entre organizaciones, administraciones, ámbito científico y sociedad.

Y eso apela a nuestra generosidad. Nuestra generosidad personal para incomodarnos, para arriesgar nuestra silla y abrazar la incertidumbre, para escuchar a otros sin sesgos; colegial, para trabajar desde la mirada holística y la complementariedad sensata y eficaz; organizativa, para crear espacios para colaborar y ceder protagonismo; e institucional, para poner a disposición marcos para la exploración,  marcos que no condicionen la transformación, y que no requieran respuestas mientras tenemos todavía que hacernos las preguntas adecuadas.

La experiencia acumulada nos enseña que no basta con definir principios o modelos. Tenemos que crear las condiciones para que sean posibles y sostenibles.

Nuestra longevidad con bienestar y calidad de vida dependerá de ello. Y con ella, también lo hará el progreso de nuestra sociedad.