Un artículo de Juan Isidro Menéndez, Terapeuta Ocupacional y Gerontólogo,
Coordinador de la Comisión Nacional de Gerontología del CGTO y Miembro del grupo de trabajo de Hub Alzheimer (CEAFA)
La movilidad no se limita al mero caminar con soltura, sino que es la base fundamental para la salud en general y la independencia en particular. Como especie originalmente nómada, nuestro organismo tiene genéticamente previsto un grado moderado de dinamismo, lo cual previene la atrofia y otros problemas, como veremos a continuación.
Por otro lado, la preservación de las funciones motoras nos permite desempeñar con eficiencia las actividades de la vida diaria que, en última instancia marcan la libertad con la que interactuamos con el mundo.

1. Síndrome de inmovilidad
El inmovilismo constituye un rango de limitaciones lejos de la dicotomía del todo o nada. En este sentido, distinguimos:
- Inmovilidad relativa
La persona conserva capacidad de movimiento, si bien existe cierta restricción: permanece sentada buena parte de la jornada, no sale fuera de su domicilio o abusa del ocio sedentario. - Inmovilidad absoluta
La persona queda confinada a la butaca o a la cama y suprime, casi por entero, toda actividad motora de carácter voluntario. Reconocer los primeros signos de la forma relativa previene la instauración de la absoluta.
2. Origen multifactorial
Como suele acontecer con cualquier síndrome, rara vez hay un único precursor. Ordinariamente, reconocemos cuatro causas:
- Biológicas
Son las más notorias. Incluyen trastornos musculoesqueléticos (artrosis, osteoporosis, fracturas o sarcopenia), patologías neurológicas (ictus, enfermedad de Parkinson, demencia tipo Alzheimer) o afecciones cardiorrespiratorias (insuficiencia cardíaca, EPOC) que limitan la tolerancia al esfuerzo, el rango de movimiento o provocan dolor a grado incapacitante.
- Iatrogénicas
Menos frecuentes y menos visibles. El reposo prolongado (o, libre de eufemismos, el encamamiento) suele ser un factor detonante que afecta a múltiples esferas de la persona. Con motivo de una caída solemos apreciar una bajada notable en el estado general de la persona, con independencia de que se recupere totalmente de, pongamos por caso, su fractura de cadera. Así mismo, las sujeciones físicas o la inmovilización por polifarmacia pueden condenar a la sedestación a quien ingresó caminando.
- Psicológicas
La ansiedad y fundamentalmente la depresión suelen restar brío y motivación, aletargando a la persona paulatinamente, quien reduce su actividad e inicia un perjudicial círculo vicioso que es conveniente atajar con prontitud.
- Sociales y ambientales
Las barreras, no solo arquitectónicas, sino las cognitivas o las sensoriales inhabilitan a la persona de interactuar con su entorno lo que provoca una supresión de su actividad. A mayores, la sobreprotección resultante del paternalismo y la infantilización que con frecuencia adolece el paciente geriátrico, inicia una inercia hacia la pasividad. Básico de intervención en geriatría y terapia ocupacional: si puede hacer, que haga; si no puede hacer, hagamos que pueda.
3. Consecuencias
Si bien adelantamos lo evidente, el síndrome del inmovilismo tiene un amplio abanico de consecuencias negativas. La práctica totalidad de los sistemas del organismo se ven afectado, desencadenado una cascada de complicaciones:
- Sistema musculoesquelético: atrofia muscular y pérdida acelerada de fuerza, contracturas y rigidez articular, y agravamiento de la osteoporosis.
- Sistema cardiovascular: desacondicionamiento, hipotensión ortostática y, muy relevante, mayor riesgo de trombosis venosa profunda y de tromboembolismo.
- Sistema respiratorio: reducción de la ventilación, acúmulo de secreciones y predisposición a la neumonía por estasis.
- Piel: aparición de úlceras por presión sobre las prominencias óseas, una de las complicaciones más temidas y prevenibles.
- Sistema digestivo y genitourinario: estreñimiento e impactación fecal, incontinencia e infecciones urinarias de repetición.
- Esfera psíquica: deprivación sensorial, deterioro cognitivo, confusión y depresión, que a su vez profundizan la inmovilidad.
Más que como cascada, podemos entender esta consecución de consecuencias como un efecto dominó: la afectación de área conlleva una restricción que, a su vez, provoca la afectación de un nuevo área, y así sucesivamente. El desenlace acostumbra a ser la dependencia y la institucionalización.
4. Intervención y prevención
Como suele ocurrir, la prevención es más eficaz que el tratamiento. El principio rector es sencillo: llevar una vida activa y paliar el sedentarismo. Y no es sólo sencillo, sino obvio, en tanto es un axioma que debe regir nuestra vida de inicio a fin. Estar sentado todo el día no es bueno a ninguna edad (tome nota quien trabaja en un despacho).
La intervención debe ser interdisciplinar. La fisioterapia mantiene y recupera las funciones; la terapia ocupacional enseña a cómo darles uso, sobre todo en un escenario en el cual el análisis y la adaptación de la actividad (aunque sea temporalmente) es imprescindible, a mayores de la prescripción de ayudas técnicas y las pautas de movilización para prevenir úlceras.
4. Conclusiones
El inmovilismo es uno de los síndromes con mayor prevalencia e incidencia y por ende, debe cobrar especial relevancia en lo que a su intervención y, sobre todo, intervención se refiere. Si bien esta es la manifestación extrema del sedentarismo, más de uno encontrará sencillo empatizar con el abuelo si hace un repaso concienzudo de su rutina.
Quizás la moda de los gimnasios responda, entre otros, a que antaño tenía menos sentido, cuando el estilo de vida (infinitamente más activo) hacía las veces (sobradamente) de rutina de ejercicios. Y si no, que se lo digan a la abuela de 93 años que sigue yendo a la huerta como ya hacía cuando tenía 5. El que tuvo, retuvo.