Un artículo de Mónica Pérez,
Psicóloga de la Residencia y Centro de Día Can Boada

En los centros de cuidados de larga duración se escuchan historias. Algunas se cuentan en voz alta; otras se intuyen en miradas, en gestos, en silencios. Historias de vidas que no se detienen por el simple hecho de envejecer. Porque la vejez no es un final, es una etapa más de la vida, que merece ser vivida con dignidad, propósito y emoción.

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Las actividades significativas contribuyen a que las personas mayores a seguir siendo ellas mismas


En este contexto, hablar de capacidad funcional puede sonar técnico. Pero en realidad, detrás de ese concepto se esconde algo profundamente humano: la posibilidad de seguir haciendo aquello que nos conecta con quienes somos.

La evidencia científica es contundente: mantener la funcionalidad es uno de los factores que más influye en la salud y la calidad de vida en la vejez. Incluso más que la presencia de enfermedades crónicas. Por eso, protegerla y potenciarla debería ser una prioridad absoluta; y la mejor forma de hacerlo es a través de las llamadas actividades significativas.

La capacidad funcional y las actividades significativas están profundamente interrelacionadas: la primera determina qué puede hacer una persona, y las segundas dan sentido, motivación y propósito a esas acciones.

Potenciar la capacidad funcional a través de actividades con sentido se convierte en una necesidad, dado que es la forma más eficaz y humana de prevenir el deterioro, promover la autonomía y mejorar la calidad de vida en los cuidados de larga duración.

Actividades como levantarse a preparar un café, elegir la ropa del día, cuidar una planta, escribir una carta, escuchar tu música favorita… son acciones pequeñas, sí, pero de gran valor. La persona que las elige lo hace porque le generan placer, tienen sentido y le conectan con quien es.

Cuando preguntamos “¿Qué te gusta?”, “¿Qué te hace sentir bien?”, “¿Qué te gustaría volver a hacer?”, estamos diciendo, en realidad: “Tu vida importa. Tú importas.” Es reconocer que cada persona tiene una historia, unos deseos, unas capacidades y una manera única de estar en el mundo.

Incorporar este tipo de actividades en los cuidados de larga duración no es solo una estrategia terapéutica, es un acto de respeto. Nos permite acompañar a las personas mayores a seguir siendo ellas mismas. Ofreciéndoles la oportunidad de vivir, no solo de ser cuidadas.

Los beneficios físicos y cognitivos que este enfoque aporta son indudables. Menos deterioro, más movilidad, mejor estado de ánimo, mayor participación. Pero hay algo que es mucho más valioso: la recuperación del sentido.

Cuando una persona vuelve a sentirse útil, cuando se reconoce en lo que hace, cuando siente que aún tiene algo que aportar, su mundo cambia.  Y también cambia el de quienes la rodean: profesionales que se emocionan, familias que vuelven a ver gestos que creían perdidos, compañeros que se animan a participar.

Porque, al final, lo que todos necesitamos es sentir que nuestra vida tiene sentido. Y ese sentido, muchas veces, se encuentra en las pequeñas cosas que nos hacen vibrar.