Un artículo de Daniel Baldó, PhD, Doctor en Cuidados en Salud,
Director de Innovación y Transformación Cultural del Colegio Oficial de Enfermería de Madrid
Las necesidades de cuidado de la sociedad han cambiado de forma sustancial en los últimos años. El envejecimiento de la población, el aumento exponencial de la cronicidad, el creciente impacto de los problemas de salud mental y el peso de los determinantes sociales y culturales están configurando un nuevo escenario sanitario que nos obliga a repensar y reforzar el valor de los cuidados profesionales.
Según datos del Ministerio de Sanidad (2025), en España, casi el 55% de la población ≥15 años padece, al menos, una enfermedad crónica, cifra que asciende al 70% en el caso de los mayores de 64 años. En personas ≥65 años, el 40-44% de la población tiene 2 o más enfermedades crónicas. La magnitud de la cronicidad es tal que su abordaje representa el 80% de las consultas de atención primaria y consume el 80% del gasto sanitario público.

Este nuevo paradigma epidemiológico y social ha comenzado a tensionar nuestro sistema sanitario tal y como lo conocemos porque, en origen, ha sido diseñado para dar respuesta a procesos agudos. La irrupción progresiva de la cronicidad está poniendo de manifiesto las debilidades del sistema sanitario español, especialmente en términos de sostenibilidad, coordinación asistencial y eficiencia.
En consecuencia, en ausencia de soluciones innovadoras, efectivas y eficientes, podría comprometerse la calidad asistencial, el enfoque integrador que caracteriza a nuestro Sistema Nacional de Salud y la seguridad clínica de nuestros pacientes.
Es por ello que la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad en el Sistema Nacional de Salud 2025-2028 subraya la necesidad de innovar para transformar el sistema sanitario a través de roles profesionales avanzados, nuevos modelos de cuidado y circuitos asistenciales que sean capaces de afrontar con éxito las necesidades complejas, volátiles e integrales de las personas.
Los modelos de atención al paciente crónico requieren enfoques que trasciendan la atención exclusivamente médica, curativa, paternalista, episódica y fragmentada, incorporando estrategias de abordaje integral basadas en:
- Enfoque preventivo, integral y centrado en la persona.
- Educación para el autocuidado individualizada y adaptada a la etapa del ciclo vital en la que se encuentre el paciente.
- Empoderamiento y adherencia terapéutica.
- Continuidad asistencial.
- Acompañamiento y apoyo emocional.
- Integración y coordinación interprofesional.
- Orientación y gestión para el uso eficiente de los recursos sociosanitarios disponibles.
En este contexto, está emergiendo con fuerza la figura del/a Enfermera/o de Práctica Avanzada (EPA) como una respuesta estratégica, innovadora y de alto impacto potencialmente capaz de mejorar la efectividad y eficiencia de la atención a personas con necesidades complejas, asegurando una adecuada continuidad asistencial, cohesión de los equipos y capacidad resolutiva del sistema sanitario.
El International Council of Nurses (ICN) define a las/os enfermeras/os de práctica avanzada como “aquellos/as profesionales de Enfermería titulados que han adquirido la base de conocimientos expertos, así como las habilidades para la toma de decisiones complejas y competencias clínicas para una práctica ampliada de la Enfermería, cuyas características están determinadas por el contexto y el país en el que están acreditadas/os para ejercer”.
Así, el valor diferencial de la EPA reside en su capacidad para integrar conocimiento clínico avanzado, visión integral del cuidado, toma de decisiones autónomas y coordinación asistencial en contextos de alta incertidumbre, actuando como un elemento clave para ofrecer cuidados complejos de calidad, reducir la fragmentación de los cuidados y optimizar el uso de los recursos disponibles, especialmente en el abordaje de personas con necesidades crónicas y complejas.
La experiencia acumulada en distintos entornos asistenciales, tanto en España como a nivel internacional, apunta a su potencial impacto positivo sobre el gasto sanitario, la agilidad asistencial, la seguridad clínica, la eficiencia del sistema y la satisfacción de pacientes, familias y profesionales. Y es lógico: los buenos resultados derivados de la EPA pueden explicarse por la elevada congruencia que existe entre las necesidades de salud de los pacientes crónicos y las competencias enfermeras.
La regulación e integración de la Enfermería de Práctica Avanzada constituye una palanca estratégica para garantizar la adaptabilidad y sostenibilidad del sistema sanitario. La cuestión clave es cómo articular un marco regulador y un modelo de gobernanza que aseguren un despliegue eficaz, seguro y coherente con las necesidades reales de la sociedad y del sistema sanitario.