Un artículo de Maria Del Mar Mesa, Psicóloga del Centro Residencial Font de Capellans

Hablar de innovación en los cuidados de larga duración no significa únicamente incorporar nuevas tecnologías o transformar los espacios físicos. Significa, sobre todo, cambiar la manera de entender la atención a las personas mayores. En este contexto, la Atención Centrada en la Persona (ACP) se ha consolidado como uno de los modelos de referencia dentro del ámbito sociosanitario.

La ACP es un enfoque orientado a mejorar la calidad de vida de las personas mayores en situación de dependencia o fragilidad, situándolas en el centro de las decisiones que afectan a su día a día. El modelo parte de una idea muy clara: adaptar los servicios a las personas, y no las personas a los servicios.

Este cambio de mirada implica comprender a cada persona desde su historia de vida, sus hábitos, preferencias, valores y necesidades. Es decir, reconocer que, aunque viva en un centro residencial o necesite apoyo asistencial, sigue teniendo derecho a decidir sobre aspectos cotidianos que forman parte de su identidad.

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La Atención Centrada en la Persona es una manera diferente de entender el acompañamiento y el cuidado


Pero, ¿cómo se traduce esto en la práctica?

Significa, por ejemplo, respetar las preferencias relacionadas con las actividades de ocio, la forma de vestir, la imagen personal, la decoración de la habitación o los hábitos alimentarios. También implica tener en cuenta si la persona prefiere estar sola o acompañada, qué rutinas mantenía antes de ingresar en el centro o qué actividades le aportan bienestar emocional.

En definitiva, se trata de intentar preservar, siempre que sea posible, la continuidad de su forma de vida para que la residencia se perciba como un espacio de vida y no únicamente como un recurso asistencial.

Trabajar desde este enfoque aporta beneficios muy significativos tanto para las personas mayores como para sus familias y los profesionales.

Por un lado, favorece la autonomía y la autoestima de la persona, ya que sentirse escuchada y respetada refuerza su capacidad de decisión y su identidad personal. También contribuye a mejorar el estado de ánimo, porque poder elegir aspectos cotidianos —como la ropa que quiere ponerse, las actividades en las que desea participar o cómo quiere arreglarse— genera bienestar y sensación de control sobre la propia vida.

Además, este modelo ayuda a reducir situaciones de angustia, agitación o malestar conductual. En personas con demencia, por ejemplo, conocer su historia de vida o sus preferencias musicales puede convertirse en una herramienta muy útil para ofrecer calma y seguridad en momentos de ansiedad.

Las familias también experimentan un impacto positivo. Ver que su familiar es atendido desde el respeto, la personalización y la dignidad genera mayor confianza y tranquilidad emocional, especialmente en un momento vital que suele ser complejo.

En cuanto a los profesionales, la ACP favorece vínculos más humanos y una atención más empática, lo que repercute positivamente en la satisfacción laboral y en el clima de trabajo de los equipos.

Por último, diferentes estudios y experiencias profesionales evidencian que una atención más personalizada puede contribuir a mejorar la salud emocional y física de las personas mayores, así como a reducir hospitalizaciones y situaciones de descompensación.

En un contexto en el que el modelo de cuidados evoluciona hacia entornos más humanizados, integrados y respetuosos con los derechos de las personas, la Atención Centrada en la Persona representa mucho más que una metodología de trabajo: es una manera diferente de entender el acompañamiento y el cuidado.